—Estoy intentando llegar al Sanatorio de Aguas Rojas y mi coche se ha quedado sin gasolina, precisamente en la gasolinera abandonada que hay a las afueras del pueblo.
—Qué mala suerte has tenido —dice Samuel Medina, con empatía—. ¿Y por qué vas al sanatorio? Ese lugar está abandonado desde hace muchos años. Está hecho una ruina y es un tanto peligroso para visitar.
Haces una pausa para sopesar tus palabras. No quieres parecer alarmista, pero tampoco deseas quitarle importancia al motivo que te ha traído hasta aquí. Tic tac. El recuerdo de lo sucedido en tu casa te golpea de nuevo. Tic tac. Repiquetea en tu cabeza el sonido de un reloj, una cuenta atrás que has intentado ignorar todo este tiempo, pero que ahora resuena en el fondo de tu cráneo.
—Creo que mi hermana podría estar en el sanatorio… Creo que podría haberle pasado algo —dices entre balbuceos, frunciendo el ceño debido al esfuerzo de mantener la concentración.
—¿Se encuentra bien? No tiene buen aspecto. Se ha puesto pálido de repente —pregunta el señor Medina.
—Sí… Sí —respondes la segunda vez con más confianza, conforme el sonido del reloj se atenúa hasta desaparecer por completo—. Es solo que estoy preocupado.
—Es comprensible. Con respecto a su coche, me temo que la gasolinera más cercana está a cincuenta kilómetros de aquí. Si lo desea puedo llamar a una grúa para que le acerquen, pero si lo que quiere es asegurarse de que su hermana no ha tenido un accidente en el sanatorio, yo mismo le puedo acercar ahora. No está tan lejos y conozco el camino.
Consideras las palabras de Medina y aunque preferirías no implicar a nadie más, con la ayuda del alcalde podrías llegar al sanatorio rápidamente.
—Gracias, es muy amable por su parte.
EN DESARROLLO
Medina te lleva en coche.