Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos.

Bhagavad Gita, capítulo 11, versículo 32.

 

Cuando Antonio Cervera extrajo un cigarrillo del paquete de tabaco y prendió el extremo no imaginaba que sería el último que se fumaría en la vida.

Eran la tres y media de la madrugada del veinte de mayo y había terminado la ronda alrededor del perímetro externo, aquel que todavía se consideraba territorio español —antes de la segunda valla metálica—, y la única zona por la que tenía que patrullar durante su turno. Las noches todavía eran demasiado frescas y lo único que deseaba era quedarse en la garita de guardia hasta las cinco o cinco y cuarto, momento en que tendría que hacer la segunda y última ronda. Durante ese tiempo se tomaría un par de tragos de vodka y seguiría viendo la serie de televisión que tenía preparada en el ordenador portátil.

Las patrullas eran, a su parecer, una tarea inútil, pero no es que se quejara por ello ya que eran parte del trabajo y, en resumidas cuentas, le gustaba su trabajo. En los ocho años que llevaba como vigilante de seguridad, durante el turno de noche, jamás había tenido ningún problema. Ninguno en absoluto. Ni el más mínimo suceso que mereciera ser anotado como tal, más allá de las averías o desperfectos típicos debidos al tiempo o al uso: una cámara estropeada, un foco que perdía potencia, o cuando el aire acondicionado dejaba de funcionar correctamente.

Esta ausencia de incidentes serios no era casual, sino que se debía como consecuencia directa al aislamiento que proporcionaba aquel emplazamiento agreste, recogido entre colinas plagadas de pinos silvestres, tejos y robles, y al que tan solo se podía acceder por una anodina y serpenteante carretera secundaria de montaña que zigzagueaba sobre el escarpado terreno.

Sin embargo, aquella noche había sido una excepción, por partida doble. Por una parte, se había encontrado con la segunda puerta metálica entreabierta y, por otro, Javier, el compañero del turno anterior, había abandonado su puesto antes de que él llegara para recibir el relevo. Al menos eso es lo que Antonio supuso al no encontrar ni a Javier en la garita ni a su vehículo aparcado como de costumbre.

Lo cierto es que, si Antonio se hubiera asomado por el pronunciado terraplén que quedaba justo al lado de donde solían aparcar, habría distinguido el Suzuki todoterreno de Javier empotrado contra la base de un anciano y poderoso roble, atravesando con el morro un tramo de la verja interior. Y si no hubiera cerrado la puerta metálica con una total ausencia de interés, habría distinguido el parpadeo tenue, semioculto entre la floresta, anaranjado y rítmico como un sol moribundo, procedente del edificio de los americanos.

Pero no hizo ninguna de estas dos cosas. En su lugar, despotricó para sí mismo sobre la falta de profesionalidad de su compañero, anotó la ausencia en el registro de su turno, y se preparó para continuar viendo la última temporada de “The walking dead”. A mitad de un capítulo, durante una de aquellas escenas en que Rick y Negan se enfrentaban otra vez —en aquella ocasión el enfrentamiento se produjo en las entrañas de un edificio en ruinas— le surgió la idea fugaz de que Javier, su compañero del turno anterior, debía haber abandonado el puesto mucho antes de que él mismo llegara al complejo militar, ya que no se cruzaron durante la estrecha carretera de acceso, y esta se prolongaba solitaria durante casi una hora. Pero esta idea no prevaleció, solo fue el eco de un pensamiento que pronto quedó anegado por los vapores del alcohol y el agradable ensimismamiento de perderse en la serie de los muertos vivientes.

A lo largo de todos aquellos años trabajando como vigilante de seguridad había reflexionado sobre el lugar en que trabajaba. Tanto él como el resto de los compañeros de la empresa de seguridad, eran el primer y más inofensivo obstáculo para acceder a aquella instalación militar sin nombre. Su función principal consistía en controlar el acceso, dar paso a los trabajadores de la instalación (todos ellos estadounidenses) y, en caso de necesidad, ponerse en contacto con su enlace de la Guardia Civil. No estaban armados ni tenían autoridad para usar la fuerza como medida disuasoria. A efectos prácticos eran poco más que espantapájaros con un comunicador. Con los años se había enterado de que el puesto estuvo antes ocupado por miembros de la Benemérita, pero tras alguna clase de acuerdo interno la tarea de vigilancia había recaído en una empresa privada de la que se rumoreaba el propietario era un alto cargo del ejército.

La única diferencia con otros puestos en los que había trabajado con anterioridad consistía en una cláusula al final de su contrato laboral. Una cláusula de confidencialidad que le prohibía filtrar información del lugar o el trabajo que realizaba. Otra soberana estupidez, ya que ellos apenas mantenían contacto con los trabajadores de la instalación y tampoco tenían acceso a la misma, pero tampoco se quejaba por aquello ya que debido a esa cláusula cobraba bastante más de lo que cobraría en cualquier otro puesto de condiciones similares.

Donde uno podía encontrarse en serias dificultades era a partir de la segunda verja, cuando pasaba a ser territorio estadounidense. Hacía tres años, un compañero veterano al que solo le quedaban unos días para jubilarse, le había confesado con aire conspirativo que el origen de aquella instalación se debía a una concesión del gobierno de España a Estados Unidos, fruto de las simpatías y el acuerdo del Trío de las Azores, cuando los presidentes Aznar, Blair, y Bush hicieron causa común para invadir Irak.

Antonio no tenía motivos para dudar de aquella afirmación. Allí tenían sus propios guardias. Y no eran vigilantes de una empresa armados con comunicadores, sino soldados profesionales. Rara vez los veía o se cruzaba con ellos, pero no creía que nadie en su sano juicio se le ocurriera atacar a militares pertrechados con fusiles de asalto.

Se rumoreaba qué en el interior del recio edificio, aparte de soldados, también podía encontrarse un importante número de trabajadores a los que se suponían científicos. Rara vez salían y, a principio de cada mes, llegaban camiones cargados con suministros, lo que les hacía pensar que la instalación estaba preparada para una reclusión prolongada.

El edificio, a pesar de tener diez pisos de altura, se hallaba construido en una cuenca natural, de forma que las montañas y los árboles se elevaban más de una veintena de metros por encima del helipuerto que coronaba la parte superior, aprovechando la orografía del lugar para camuflarlo.

Sin embargo, la cuestión más interesante, la pregunta del millón, seguía sin respuesta. ¿Qué es lo que hacían allí? ¿Qué era lo que investigaban con tal secretismo hasta el punto de hacerlo en un lugar tan recóndito?

El compañero veterano que se había jubilado hacía unos años afirmaba convencido —con el convencimiento de quién no necesita argumentos ni pruebas, solo su experiencia— de que allí dentro hacían ensayos de armas que los militares estadounidenses no estaban dispuestos a probar en su propio país. Javier, por otro lado, defendía que se trataba de una especie de Guantánamo; una prisión fuera del radar, donde nadie pusiera en duda los métodos que empleaban para conseguir información.

Y Antonio había llegado a la conclusión de que no le importaba en absoluto lo que se hiciera dentro de aquellos muros. Cuanto menos supiera del asunto mucho mejor para él. Qué otros se encarguen de los misterios que todavía quedaban en el mundo. Él lo único que deseaba era vivir bien. Viajar a algún paraíso tropical durante las vacaciones. Tener relaciones esporádicas con una chica, sin ataduras ni giros dramáticos. Ver los partidos de fútbol los domingos por la tarde con los amigos. Estaba en paz consigo mismo y con lo que esperaba de la vida.

De forma que tras aquella reflexión en la que parecía el ser más henchido de satisfacción del universo, le dio una prolongada calada al cigarro y sostuvo el humo en los pulmones durante varios segundos, antes de exhalarlo en una ondulante marea gris que se difuminó con el frío de la noche.

Uno de los focos titiló y Antonio frunció el ceño extrañado. Volvió a titilar y se apagó.

—No me jodas. Menuda suerte la mía.

En respuesta al comentario de Antonio un zumbido eléctrico, como una ola que reventara contra la valla, resonó con violencia y todas las luces se apagaron a la vez.

—No puede ser —y soltó un suspiro de protesta.

Las nubes cerraban la noche y era una de esas noches sin luna ni estrellas. En la siguiente calada el cigarro brilló con intensidad. Lo arrojó al suelo y se dirigió a ciegas al interior de la garita, donde guardaba la linterna.  Antes de entrar escuchó el leve crujir de la gravilla, pero no le otorgó ningún significado en especial. La noche estaba plagada de pequeños ruidos y, tras tantos años, uno aprendía a mantenerlos en un segundo plano; un ruido blanco sin ningún interés.

Ya en el interior de la pequeña garita, recorrió con las manos, tanteando, la mesa del vigilante, hasta que por fin encontró la linterna. Comprobó que los monitores de las cámaras de seguridad también se habían apagado. Les dio unos golpecitos como si aquello pudiera devolverlos a la vida. Lo único que le mostraba la superficie de los monitores era su propio y oscuro reflejo sobre la pantalla… pero aquello no era del todo exacto, porque también mostraban el rostro alguien más, alguien detrás de él.

—¿Javier? —la pregunta de Antonio surgió forzada, tratando de aparentar normalidad, como si al hacerlo pudiera espantar el miedo, ácido y fluido, que le subía por la garganta desde el fondo del estómago.

Antonio se giró y el haz de luz de la linterna se posó sobre el rostro sanguinolento de Javier. Éste último no apartó la mirada.

La pregunta había surgido automática porque el corte de pelo de aquel individuo —rapado hasta la raíz del cuerpo cabelludo— era el de su compañero Javier. Y el uniforme también; si se ignoraba la camisa abierta y desgarrada; si se ignoraba la sangre que cubría la ropa, convertida en un amasijo sombrío. Pero, sobre todo, si se ignoraba… si se ignoraba, aquel rostro descarnado al que le habían arrancado la nariz, al que le faltaban los labios y parte de los pómulos y parte las mejillas.

Javier se balanceaba como si el solo hecho de mantenerse de pie fuera un acto extenuante. Está borracho. Está borracho y ha tenido un accidente, pensó Antonio, pero la idea no le resultaba tranquilizadora.

Lo que quedaba del rostro de Javier fue adoptando una actitud agresiva, rabiosa. El rostro se inclinó un poco. Los ojos se entornaron con un brillo maligno y salvaje.

Y se lanzó hacia delante, silencioso y voraz.

La linterna cayó al suelo. Antonio se descubrió forcejeando con su antiguo compañero.

—¡Para! ¡Para! ¿Te has vuelto loco? —logró decir entre jadeos, sosteniendo a Javier desde las muñecas. Apenas podía verlo, pero sí que podía oler su aliento. El olor metálico e incisivo de la sangre coagulada. Cerca, muy cerca de la cara. Demasiado cerca… Sintió la saliva, cayendo sobre él como gotas de rocío hediondo. Se le estaba tirando con todo el cuerpo encima. No lo golpeaba, solo lanzaba el rostro hacia delante, mordiendo, ansiando (Dios, oh dios, suplicó para sus adentros) un bocado de su propia cara.

Empujado por el enloquecido compañero Antonio chocó de espaldas contra la mesa donde descansaban los monitores. En un movimiento desesperado golpeó la rodilla de Javier, haciéndole perder el equilibrio, y tiró de sus brazos hacia un lado. Logró arrojarlo al suelo y tanteó, desesperado, por encima de la mesa, en busca de algo, algo contundente, algo con lo que defenderse…

La linterna iluminaba los pies de Javier. Ya empezaba a levantarse de nuevo y Antonio adivinó la mirada, la horrible mirada de su compañero, que prometía no detenerse jamás hasta lograr acabar con él.

Su mano se cerró sobre un objeto duro. Sin vacilaciones, Antonio golpeó donde creía que debía estar la cabeza de Javier.

Fue un golpe directo entre los ojos. El objeto reventó en una lluvia mordiente de cristales y el aire se llenó de un intenso, invasivo, olor a vodka.

El instinto de supervivencia tomó las riendas de Antonio y, antes de que él mismo se diera cuenta de lo que hacía, ya estaba saliendo de la garita del vigilante. Cerró la puerta con violencia, confiando en que, debido a su estado enloquecido, Javier no pudiera abrirla.

Su primera idea fue ir al aparcamiento, pero la desestimó al instante. La llave del vehículo estaba en el interior de la garita y antes de volver a entrar allí estaba dispuesto a buscar ayuda, aunque fuera caminando. Por muy lejos que estuviera de la civilización. Quizás los americanos pudieran ayudarle y, sin embargo, aquella idea tampoco acababa de convencerlo.

Detuvo las cavilaciones al escuchar de nuevo el crujir de la grava. Un crujido arrastrado, prolongado, demasiado regular y cercano. Pero no podía ser Javier porque todavía estaba encerrado en la garita. Entonces…

Entonces se dio cuenta de que el sonido provenía de varias direcciones y todas ellas tenían como origen, provenían, de la base militar. Supo, con cristalina certeza, que aquellos pasos terminaban en él.

Suspiró de alivio al notar en el bolsillo de los pantalones el mando con el que podía abrir y cerrar la verja metálica a los vehículos. Se apresuró hacia allí, casi a ciegas, confiando más en la memoria de tantos años trabajados que en su limitada visión.

Pulsó el mando.

No pasó nada.

Lo volvió a pulsar, en esta ocasión con fuerza. Repitió el gesto, desesperado, sintiendo como las lágrimas del pánico saltaban desde las comisuras de los ojos.

—Por favor, por favor, joder, por favor, funciona… ¡Funciona!

Pero la puerta (la condenada puerta) seguía sin abrirse. Y entendió por qué. El motivo era tan evidente que lo había pasado por alto. La corriente eléctrica había saltado para toda la instalación y ese hecho incluía, por supuesto, el brazo hidráulico que desplazaba la verja.

Sintió como tras él varias formas se aproximaban. Pausadas. Ineludibles.

Pero el brazo hidráulico podía desbloquearse. Solo se hacía en caso de que se estropeara y se requiriera abrir la verja manualmente.

Recortó los metros que le faltaban hasta el enrejado mientras, tanteando, soltaba el manojo de llaves que le colgaba del cinturón. Las manos le temblaban incontrolables en busca de una llave pequeña.

Las llaves tintinearon escandalosas, o por lo menos así le pareció a Antonio, cuando se le cayeron de las manos para rebotar contra el suelo.

Escuchó un gruñido tras de sí. Un gruñido de satisfacción. En respuesta el vello de los brazos se le erizó como si hubiera recibido una descarga.

Sus dedos se cerraron en torno a una llave pequeña, diminuta, y suplicó silencioso porque fuera la correcta.

La cerradura no giró de inmediato. Gimió, protestó, y, por fin, liberó el brazo hidráulico del entramado metálico de la verja.

No comprobó a que distancia se encontraban las figuras de él. Abrió la puerta y salió de la instalación. Un momento de duda le hizo considerar cerrar la puerta, pero le alcanzó de nuevo aquel sonido arrastrado y torpe sobre la grava e imaginó, aterrorizado, el rostro encarnado, abiertas las heridas, de Javier.

—A la mierda con todo.

Y con aquella frase tan apropiada para la situación, Antonio Cervera, dejó libre a la mayor plaga en la historia de la humanidad.

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