Primer interludio

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AVISO IMPORTANTE

Este capítulo forma parte de una novela.

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PRÓLOGO

***

 

Lázaro, nuestro amigo, está dormido,

 pero voy a despertarle.

Jesucristo

 

Casi treinta pisos de distancia separaban a Román y a la doctora Byrne. El cuerpo de la joven doctora tardó varios minutos en levantarse. Román esperó paciente a que el proceso ocurriera, desviando la mirada de vez en cuando a aquella Berlín desconocida. Las sirenas de la policía, los bomberos y las ambulancias, aullaban en la distancia como una jauría dispersa. Aquella noche la ciudad brillaba como nunca había brillado. El resplandor artificial de las farolas se unía a las vivas llamas que se elevaban y engullían varios edificios ubicados en el distrito sur de la ciudad. De vez en cuando, y cada vez más cerca, se escuchaban disparos.

Cuando se completó el proceso, y Byrne se incorporó a duras penas, Román tragó saliva con amargura. Había imaginado que treinta pisos de caída libre serían suficientes para que los daños fueran irreversibles; seguramente Byrne también lo habría creído así. De nuevo, el parásito, lo sorprendía de la más terrible de las maneras.

Hacía solo un rato en que los dos habían estado en la cama, desnudos y tumbados boca arriba, pletóricos y ausentes por la catarsis del sexo. Él encendió un cigarro, dio una calada, y se lo pasó. Ella dio una chupada al cigarro, lo devolvió, y se acurrucó junto a su lado mientras le acariciaba el vello oscuro y rizado de su pecho. No se podía fumar en las habitaciones, pero ambos eran muy conscientes de que esas normas pronto dejarían de ser importantes.

Entonces, ella se levantó para ir al baño. Román intentó saborear algún frágil momento de paz; no deseaba pensar en el futuro, en los errores, ni mucho menos en Julia o en Laura, el terror desatado y el que se avecinaba. Solo deseaba quedarse allí y que cuando la muerte llegara a su puerta, un acontecimiento al que no veía razones para que tardara en suceder, tuviera el valor suficiente para que fuera lo menos dolorosa posible.

Desde la cama escuchó como Byrne se duchaba. Los minutos pasaron y Román comenzó a adormilarse, suspendido a mitad de camino entre el sueño y la vigilia. Las imágenes comenzaron a superponerse en la pantalla de la mente y más tarde, al rememorar la escena, creería haber escuchado una tos que bien podía ser la de su amante.

Lo que lo sacó del ensimismamiento fue el frío proveniente del balcón que entró a raudales en el dormitorio. Tuvo tiempo de ver como la doctora subía, sin vacilaciones, de la silla a la mesa. Allí de espaldas, contra el cielo oscuro —desnuda, el cabello de un castaño radiante cayendo sobre la espalda; la piel blanca, húmeda por el baño— Byrne parecía un ángel bíblico.

El ángel dio un paso hacia la noche y desapareció en la negrura.

Tras comprobar cómo una de las mentes más brillantes que el mundo había conocido se convertía en un monstruo devorador de carne, Román regresó al dormitorio.

Tenía el cuerpo entumecido por el helor, pero no le importaba. Le habría gustado sentir dolor por la pérdida. Alguna clase de sentimiento ante el terrible desenlace, cualquier cosa que todavía lo hiciese sentirse humano, pero sus emociones permanecían planas y estáticas como un mar sin oleaje. Nada parecía tener sentido.

Lo asaltó la duda razonable acerca de si él mismo estaría infectado y, tras una breve reflexión, concluyó que era muy probable que así fuera. El intercambio de fluidos resultaba ser una de las vías más eficaces de contagio. Incluso si su colega y amante hubiera estado en las primeras fases de la infección solo significaría que la evolución de la infección transcurriría durante un periodo prolongado antes de completar su ciclo.

En lenguaje matemático significaba que tenía un veinte por ciento de probabilidades de superar la infección; al menos según las pruebas con ratones de laboratorio.

¿Acaso Byrne habría recorrido ese mismo hilo de pensamientos mientras estaba bajo el agua de la ducha? ¿Era eso lo que la había llevado al suicidio? ¿O tal vez había sido el sentimiento de culpa al haber traído al mundo aquella monstruosidad?

Román se vistió de forma mecánica y ordenada con el traje y la americana, tal y como habría hecho para asistir al simposio, y se ajustó la corbata.

No tenía valor suficiente para seguir el mismo recorrido que Byrne a través del balcón, pero existían otras opciones. Un revolver en la sien habría sido la más sencilla y efectiva alternativa para evitar la transformación. Una vez destruido el cerebro no existía manera de hacer funcionar el cuerpo, con parásito o sin parásito.

Consideró otras posibilidades que fue desechando taxativamente, tanto por su escasez de recursos a la hora de llevarlas a cabo como por la incapacidad de asegurar una muerte definitiva.

Ni el ahorcamiento, ni envenenarse con medicamentos, ni cortarse las venas sumergido en el agua de la bañera, impediría que el parásito tomase control del cuerpo. Y era una posibilidad aterradora, ya que todas las pruebas indicaban que los sujetos sometidos al cambio conservaban parte de los recuerdos poseídos en vida; así lo habían demostrado las pruebas con ratones, capaces de repetir el mismo camino a través de un laberinto, una vez que Lázaro se había integrado en su anfitrión.

La idea, por remota que fuera, de conservar parte de su conciencia mientras la prioridad biológica del parásito lo llevaba a matar una y otra vez en una búsqueda inagotable de carne, resultaba demasiado aterradora para no tenerla en cuenta.

Consideró la imagen de su creación o, mejor dicho, co-creación, invadiéndolo, solapándose a su sistema nervioso como una serpiente constrictora. Varias detonaciones de arma de fuego sonaron en la calle y Román descubrió que le castañeaban los dientes, aunque ya no estaba seguro si se debía al frío de la noche o al miedo calado en los huesos.

Dio un respingo cuando alguien golpeó con rudeza la puerta de la habitación tres veces consecutivas. Una voz, grave y potente, llamó a la doctora Byrne en un inglés de marcado acento tejano.

Lo siento, amigo, ha volado, pensó Román, repentinamente exhausto.

Los golpes se repitieron de nuevo. Hubo una pausa y la puerta se abrió de pronto ante una brutal embestida.

Entraron en la habitación media docena de hombres uniformados con el mismo traje oscuro y corbata, todos ellos altos, recios, y con aspecto de ser capaces de masticar clavos y escupir balas si la situación lo requiriese.

Ignoraron deliberadamente a Román y comprobaron las diferentes estancias de la habitación del hotel con eficacia y en apenas unos segundos.

—¿Dónde está la doctora Byrne?

Román alzó la mirada para descubrir los ojos del agente al cargo de aquella operación; unos ojos azules, fríos y duros, que lo hicieron empequeñecer. Formuló la pregunta una vez más.

—El balcón —respondió Román.

El agente buscó la confirmación de uno de sus subalternos y tan solo recibió una negativa con la cabeza.

—Identifíquese —dijo Ojos azules.

Román se vio obligado a desviar la vista hacia el escritorio, como un niño avergonzado al haber sido pillado en mitad de una travesura.

—Soy el doctor Román.

Alguien lo agarró del brazo y lo invitó a levantarse con inflexible rudeza.

—¿Vendrá con nosotros voluntariamente o nos va a dar problemas?

La respuesta fue la horrible sonrisa desesperada de un hombre que sabe que la muerte no es el peor de los finales.

 

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