Capítulo 5: Khalid

 

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PRÓLOGO

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Lo despertaron nuevos gritos en la calle y, por un momento, Khalid no supo dónde se hallaba. Al principio pensó que estaba en casa, en su antigua casa de Alepo. Pero no, no se encontraba allí, porque ahora tenía un nuevo hogar, de la misma forma que tenía nuevos juguetes y nuevos padres, o por lo menos así había sido hasta la llegada de los monstruos.

Se enderezó en la cama, apoyando la espalda en la pared, y dobló la colcha con estampado de caballeros y dragones por debajo de la cintura.

Los gritos en la calle se elevaron y prolongaron durante varios segundos. Khalid se quedó escuchándolos sin moverse. Habían llegado precedidos por palabras que le parecieron súplicas, aunque con la distancia y el entumecimiento del sueño no estaba seguro. Al cabo de un rato se acallaron y el apartamento, en su penumbra, adquirió un silencio pesado, cargado con la tensa expectación ante lo que ocurriría después.

El muchacho se vio invadido por una poderosa sensación de irrealidad; como si el mundo ya no existiera y él hubiera quedado atrapado en una dimensión delimitada por las paredes del apartamento. Temía salir de la cama, sobre todo, por dos motivos.

Una era que la curiosidad lo llevara a asomarse por la ventana y ver quién había gritado y quién había callado los gritos. No lo volvería a hacer, al menos mientras tuviera elección. Pero ese era un miedo fácil de resolver, bastaba con ignorar las ventanas y el balcón. Era el otro miedo, más apremiante, el que lo tenía paralizado.

Consistía en la previsión de que, al levantarse, descubriría que continuaba solo en el apartamento y la puerta de entrada seguiría cerrada con llave desde el exterior.

Dos días habían transcurrido desde que Elisa, su nueva madre, y Héctor, su nuevo padre, hubieron salido de la casa. Desde entonces, la puerta, aquella elegante puerta blindada de contrachapado marrón pálido, lucía como un guardián inflexible que lo protegía, pero al mismo tiempo lo mantenía encerrado igual que a la princesa —o príncipe en su caso— de algún perverso cuento de hadas.

Deseaba que regresaran, no solo porque eso significaría que ya no estaba atrapado, sino porque le habían gustado mucho Elisa y Héctor desde el comienzo, incluso a sabiendas de que no eran sus verdaderos padres (aquellos descansaban, sepultados bajo una montaña de recuerdos y escombros, reales y figurados). Aunque existía otro motivo secreto y es que con su regreso podría seguir siendo Khalid y no tendría que recurrir a Sombra.

Sus nuevos progenitores le habían ofrecido un cariño y entusiasmo que a Khalid le provocó al principio recelo y desconfianza: sencillamente no podía creer que aquellos desconocidos pudieran ser tan amables y considerados con él. Había pasado de no poseer nada a recibirlo todo sin tener que luchar por ello y, de forma instintiva, sentía que se trataba de una gran trampa, un nuevo engaño en el cual, en el momento menos pensado, escucharía el mecanismo indicando que se cerraba sobre él.

De forma que Khalid les había seguido la corriente y había pretendido que estaba encantado con aquellos regalos inmerecidos, solo para descubrir con el paso de las semanas que estaba equivocado. Los cuidados y cariños que le brindaban resultaban ser sinceros y, poco a poco, Sombra fue retrocediendo para dejar paso a Khalid.

El cambio al antiguo Khalid nunca fue completo, porque él mismo ya no sentía lo mismo, no deseaba jugar como lo había hecho en el pasado, ni albergaba deseo alguno de reír ante las bromas, los chistes o las complicidades; nada de aquello parecía importante.

Sombra había sido muy útil en el pasado porque tenía muchas ventajas sobre Khalid. Sombra era silencioso, rápido y casi invisible cuando quería. Sombra vivía en la oscuridad de la noche y alcanzaba los lugares que nadie más podía alcanzar. Pero la cualidad más importante de Sombra era que no sentía nada. No sentía miedo. No sentía hambre. No sentía frío. No sentía amor. Y, gracias a esas cualidades, Sombra sobrevivía.

Por eso dio un respingo de sobresalto cuando escuchó una voz en el interior de su cabeza que le ordenaba suave y firme a la vez: —Deslízate.

Hacía mucho que no escuchaba esa voz tan familiar. No la deseaba, pero la necesitaba, así que obedeció. Salió de la cama, escurriéndose por el borde para descender hasta el suelo. Allí se quedó agazapado en cuclillas dejando que las percepciones de Sombra llegaran.

Avanzó a cuatro patas en una rápida serie de movimientos hasta el marco de la puerta y se asomó por el borde del mismo. Notaba como su propia forma había empezado a mutar. No era la forma de un niño, sino la de otra cosa, algo distante y eficaz. Se desplazó por la casa en ráfagas explosivas de movimiento que terminaban en una posición que le proporcionara cobertura para esconderse. Los músculos de los brazos y de las piernas lo molestaban porque hacía demasiados meses que no se movía como Sombra y, pese a ello, notaba como el viejo hábito regresaba. Era como vestirse con ropa vieja; se ajustaba a la perfección sobre su piel.

Confirmó que seguía solo en la casa por lo que se permitió incorporarse un poco, no del todo, porque esa posición encorvada, a mitad de camino entre un ser humano y una bestia, le permitía volver a acechar con sus cuatro extremidades en apenas una fracción de segundo y, al mismo tiempo, lo dejaba interactuar con la mayoría de objetos.

Se centró en el siguiente objetivo: recolectar comida y agua. Ignoró la nevera, prácticamente vacía con la excepción de un frasco de mostaza y algunas verduras. Empezó por las cajoneras inferiores de la cocina y siguió con los armarios superiores. Ya sabía lo que podía encontrar allí y no era demasiado, pero de todas formas lo agrupó en un pequeño montón, en el centro del salón.

Había unas pocas latas de conservas y un par de bolsas de patatas fritas. Sombra pensó, con desprecio, que los habitantes de aquella casa habían poseído toda clase de objetos inútiles y habían olvidado lo fundamental: alimentos que no se estropearan.

El agua, por suerte, no era ningún problema, aunque de todas formas recogió varios recipientes de la casa y los llenó con agua del grifo.

Al final de sus pesquisas llegó a la conclusión de que podría aguantar encerrado en la casa unos tres o cuatro días más, lo cual no era mucho, si uno consideraba que los monstruos en el exterior no parecía que fuera a desaparecer.

La posibilidad de pedir ayuda gritando desde las ventanas quedaba totalmente descartada. Varios vecinos de una finca vecina habían tenido esa idea. Durante un rato se los pudo ver conversando desde las diferentes ventanas de la fachada. Sin embargo, esto atrajo a una marea de Hambrientos que rodearon el edificio. Algo debió salir mal porque lograron entrar y en apenas unos minutos toda la comunicación terminó abruptamente. Los supervivientes, si es que hubo supervivientes, optaron por la discreción.

Tanto Khalid como Sombra sabían por experiencia propia que en unos pocos días se le acabaría la comida y su cuerpo iría debilitándose hasta perder las últimas fuerzas que le quedaran. Allí, encerrado, sus únicas vías de escape quedaban limitadas a las ventanas y a la terraza, ambas imposibles de utilizar. Imposibles, a menos… a menos que considerara la posibilidad de descender hasta el balcón del piso inferior.

Si lograba fabricar una cuerda con sábanas o toallas quizás podría descolgarse y desde allí tendría la posibilidad de encontrar más comida o escapar al exterior en caso de necesidad. A Sombra no le importaba, pero Khalid se estremeció al pensar en los diez pisos de distancia que lo separaban hasta el suelo en caso de que la cuerda fallara y se precipitara al vacío.

Y aunque era un plan arriesgado (el único que se le ocurría para escapar) también contaba con otros posibles problemas, en caso de llevarlo a cabo con éxito. En el piso inferior podía haber gente que se hubiera transformado en Hambrientos. O tal vez podía estar vacío, pero cerrado con llave desde el exterior, por lo que su situación no mejoraría demasiado, con la excepción de que tendría un nuevo lugar para recoger provisiones. Aun así, era mejor intentarlo que quedarse encerrado y morir de inanición.

Sombra tomó la iniciativa. Se aproximó como una bestia salvaje al armario donde estaban guardadas las sábanas y las mantas y las colchas. Conocía todo lo que Khalid conocía y aun así se aproximó con precaución, olisqueando los márgenes de la madera contrachapada. Cuando estuvo satisfecho ante la falta de peligro, finalmente la abrió. Empezó a sacar con brusquedad la ropa de cama, arrastrándola hasta el salón como un trofeo que hubiera cazado. Repitió la operación en tres ocasiones hasta vaciar el armario y dejar una montaña de telas arrugadas que empequeñecía la de alimentos y agua.

Dio varias vueltas a su alrededor y sacó unas fundas de almohada que desechó a un lado. A continuación, arrojó una manta muy suave de color purpura junto a las fundas y después seleccionó aquellas que no ofrecían suficiente resistencia o sobre las que dudaba. Con las que quedaron, sábanas en su mayoría, se dedicó a anudarlas.

Ató un extremo en la barra del baño donde colgaban las toallas y tiró con todas sus fuerzas del extremo contrario. Descubrió al instante que sus nudos se soltaban con demasiada facilidad.

Tras varias horas de hacer y deshacer nudos, cerca ya del mediodía, con los brazos temblorosos por el esfuerzo al apretar y estirar, obtuvo su recompensa con una cuerda improvisada que, a pesar de su aspecto, le pareció que no cedía ni un ápice.

Abrió una lata de melocotones en almíbar, devoró con ansia el contenido, y se bebió el jugo. Khalid tuvo el impulso de coger una bolsa de patatas fritas, pero Sombra lo detuvo y empujó a su compañero a un segundo plano, un lugar donde podía observar, aunque sin llegar a tomar decisiones que pusieran en peligro la vida de ambos.

El chico dio un largo bostezo y se infiltró bajo la montaña de tejidos que había sobrado al anudar la improvisada cuerda. Quedó oculto, con la única excepción de una rendija que hacía de respiradero. El sueño se desplomó sobre él, sobre ellos. Un oscuro, suave, y cálido sueño.

 

Al despertar, la luz ocre del atardecer bañaba el salón. Sombra salió de su escondite, se desperezó, estirando el cuello y las extremidades desde una posición cuadrúpeda, y ató la cuerda en el balcón. Estiró de ella con todas sus fuerzas y cuando estuvo satisfecho se retiró de nuevo al interior de la casa.

Esperaría hasta la noche donde, envuelto por la oscuridad, sería más complicado que atrajera la atención de los Hambrientos.

Y, mientras llegaba, aprovechó para cambiarse de ropa. Se puso un conjunto de chándal azul marino, obviando las zapatillas de deporte. El ir descalzo proporcionaba mayor control y sigilo a sus pasos. Tras aquello, se colgó una ceñida y pequeña mochila parda en la espalda y se dedicó a expoliar la casa, recogiendo todas aquellas cosas que pudieran resultar de utilidad y que Khalid no había tenido en cuenta.

Agregó a la mochila una botella pequeña de agua y dos latas de atún en aceite. Encontró una linterna roja, de una sola posición, que se ajustaba perfectamente a su mano. En el fondo de un cajón del recibidor descubrió un pequeño tesoro. Una navaja multiusos. Comprobó que la hoja estaba perfectamente afilada y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

Fue al registrar uno de los bolsos de su madre adoptiva cuando todo su plan dio un giro inesperado. Al meter la mano en uno de los bolsillos sintió el entrechocar leve y metálico de unas llaves. Tintinearon, casi deslumbrantes, al sostenerlas delante de sus ojos. Habían estado allí todo el tiempo. La llave del coche, otra que servía tanto para la puerta de la calle como para el garaje y, por último, aquella que deshacía el encierro impuesto por la puerta del apartamento.

Ya no era necesario jugarse la vida descolgándose por el balcón con unas condenadas sábanas ni tomar tantas precauciones.

No. No. No. Khalid ya había revisado la casa. No tendría que haber encontrado ningunas llaves. Era el momento de Sombra. Su momento. Quizás, no se hubiera dado cuenta todavía. Quizás, existía una solución para esos molestos pedacitos de metal.

Un gruñido astuto surgió del chico y, en una violenta carrera, llegó rápidamente hasta el balcón. Levantó el brazo, sosteniendo el juego de llaves, y…

¡Detente! —ordenó Khalid y su grito resonó en las paredes de su cráneo—. Necesitamos esas llaves. Las necesito.

La mano se sacudió, temblorosa, hacia delante y hacia detrás con vehemencia, como si dos contrincantes tiraran de ella en direcciones opuestas. El forcejeo se prolongó durante un minuto hasta qué por fin, algo oscuro y sinuoso protestó y acabó retrocediendo, encogiéndose, para dejar paso a Khalid.

El muchacho cayó al suelo, agotado por el conflicto interno con Sombra. Se quedó mirando las llaves y empezó a reír con suavidad.

Tenía los pies helados y lo primero que hizo fue ir dormitorio para ponerse unos calcetines y las zapatillas. De vuelta en el salón abrió una bolsa de patatas fritas y la vació en apenas un par de minutos. Con el estómago lleno se permitió resolver su gran problema de una vez por todas.

Frente a la puerta, sosteniendo la llave a escasos centímetros de la cerradura, le asaltó una duda. Era el hecho de qué durante dos días no había escuchado movimiento ni voces en el largo corredor que conectaba la puerta de su casa con las de los vecinos, los ascensores, y las escaleras. Cabía la posibilidad de qué algunas personas hubieran marchado mientras el dormía, pero también que hubiera Hambrientos en el interior del edificio o en el acceso al mismo.

Se sacudió las dudas de encima. Más tarde siempre podría volver a cerrar la puerta, pero en aquel momento necesitaba saber que tenía el control.

Con mucho cuidado introdujo la llave y la giró en dos ocasiones, deteniéndose con cada movimiento de muñeca, escuchando como el crujido mecánico de la cerradura lo avisaba del retroceso del seguro. Sacó la llave y se la guardó en el bolsillo del pantalón que quedaba libre.

Abrió la puerta lo justo para mostrar un segmento de oscuridad impenetrable. Solo era capaz de escuchar el ritmo acelerado de su respiración. Sintió como entraba el aire fresco del pasillo y con él llegó también un olor tenue y desagradable. Al principio pensó que era basura, pero enseguida reconoció de qué se trataba. No era la primera vez que olía algo así. Ya en Alepo había conocido el olor de la carne en descomposición; el olor de los muertos.

Deslizó la puerta un poco más. El interruptor que iluminaba el corredor quedaba muy cerca, de forma que sacó el antebrazo, buscando a tientas. Palmeó en tres ocasiones sin llegar a alcanzarlo. Entonces, sacó también el hombro y acarició la pared hasta que encontró una superficie que sobresalía de la lisa pared.

Las bombillas se iluminaron al unísono. Era un largo pasillo. En aquella altura podían encontrarse hasta diez viviendas unifamiliares.

Khalid asomó la cabeza y se permitió un momento de tranquilidad. Estaba vacío. Dejó la puerta entornada y avanzó en dirección a los ascensores y la escalera. Al cruzar por delante de la puerta 51 el olor que antes le había llegado con tanta mesura adquiría ahora una pestilente presencia. Se tapó la boca y la nariz, pero eso no impidió que tuviera que esforzarse por contener las arcadas.

Dios varios pasos presurosos y se detuvo frente a los ascensores al escuchar movimiento.

No supo identificar de donde procedía. Estaba seguro de que se trataba de pasos. Se giró y allí no había nadie. El movimiento procedía de…

La puerta que quedaba en el fondo del pasillo, frente a él y junto a la escalera (le separaban unos escasos cinco metros de distancia), se abrió de súbito.

Desde allí, un hombre alto y desgarbado, agazapado al marco de la puerta, lo llamó entre susurros.

—Chico, no te quedes ahí parado. Ven, rápido —dijo, desviando la mirada durante un pestañeo en dirección a la puerta de acceso a las escaleras y regresándola al muchacho.

Una voz de señora mayor surgió tras la del hombre y se elevó clamorosa.

—¡No salgas ahí fuera! —Khalid supo que no se dirigía a él sino al hombre del umbral.

—Por lo que más quieras, baja la voz, mamá.

El hombre recortó la distancia entre él y Khalid en dos pasos.

—Ven con nosotros, estarás más seguro.

Khalid quiso creerle y, con precaución, también avanzó. No sabía su nombre, per recordaba haberlo visto de pasada durante los meses en que había estado adaptándose a su nuevo hogar junto a Héctor y Elisa.

Aquel hombre le sonrió con amabilidad y durante varios segundos Khalid albergó la creencia de que todo saldría bien, pero la sonrisa y el hombre que la sostenía quedaron aplastados cuando la puerta de las escaleras se abrió y un Hambriento lo estampó contra la pared.

Todo se precipitó en una lucha descarnada. La señora en el interior de la casa dejó escapar un alarido horrorizado. El hombre logró empujar al Hambriento, no sin que antes este le lanzara varias dentelladas en el antebrazo. Khalid se vio paralizado ante el conflicto de escapar al interior de su propio apartamento o ayudar a aquel hombre. Todavía conservaba la navaja en el bolsillo; solo necesitaba una oportunidad.

Dicha oportunidad no llegó jamás. Tres nuevos Hambrientos entraron en la escena a trompicones, empujándose con pasos torpes y acelerados. Uno de ellos, una mujer con el vestido convertido en harapos, derribó al hombre y cayeron en un amasijo de golpes, arañazos y mordiscos, donde los monstruos se cebaron en la presa caída. Otro se apresuró en dirección de la señora mayor que en vano intentó cerrar la puerta de la casa antes de que llegara. El tercero se detuvo para lanzar una mirada depredadora a Khalid. Hubo un instante de reconocimiento entre ambos.

Todos ellos, excepto el tercero, tenían la ropa desgarrada por múltiples lugares, empapada por la sangre reseca y los pedazos de carne adheridos como costras. Este último conservaba la ropa intacta salvo por gruesas manchas parduzcas en el cuello y hombros de la camisa blanca. Tenía la mitad de la cabeza desfigurada por deformes y horribles cicatrices a medio sanar. Algunas de las heridas parecían curadas, hundidas y cicatrizadas a ras de cráneo, pero otras se abrían con la forma de mordiscos grotescos, iluminados en un radiante tono carmesí.

Khalid solo necesitó la mitad de la cara para distinguir a Héctor, su padre adoptivo.

La balanza del heroísmo y la supervivencia quedó totalmente desequilibrada y el chico salió corriendo hacia su apartamento.

Tuvo la impresión de que el pasillo adquiría una nueva dimensión. La puerta que lo separaba de los Hambrientos quedaba más lejos —a kilómetros de distancia— de lo que debería. Cada frenética zancada lo acercaba un poco más, pero no lo bastante rápido, porque podía escuchar los pasos, los gritos de la carnicería, tras de sí.

Solo giró la cabeza durante un instante, pero aquel instante fue demasiado. Los pies trastabillaron, las piernas se torcieron, y Khalid cayó rodando sobre sí mismo hacia delante, tal y como ocurría en los dibujos animados.

El corazón le bombeaba sangre a la cabeza como una máquina enloquecida. Había tenido tiempo para comprobar que, quién antes había sido su padre adoptivo, lo estaba persiguiendo, pero no tan rápido como debería hacerlo. Si no me hubiera girado, se reprochó al borde de las lágrimas, podría haber escapado. Ahora ya no le quedaba tiempo. El monstruo caería sobre el y le arrancaría la carne como había visto hacer a tantos otros desde la seguridad del apartamento. Quiso encogerse, desaparecer para siempre, y fue ese el momento en el que Sombra tomó el mando.

El chico se sacudió como si hubiera recibido una descarga eléctrica y empezó a mover las articulaciones con rapidez y fuerza implacable justo antes de que Héctor lanzara los brazos en el espacio donde había quedado postrado el chico.

Sombra se introdujo por el hueco de la puerta, se colocó por detrás de la misma y empujó apoyando todo el peso de su pequeño cuerpo. La hoja de color pálido siguió el recorrido sin llegar a cerrarse. Una blanda resistencia impedía llegar hasta el final. Allí arriba, como gusanos sanguinolentos, se asomaban cuatro dedos. Se agitaron durante varios segundos hasta que terminaron por agarrarse a la puerta y Sombra sintió como cedía en su dirección. Una diferencia de cuarenta kilos entre su padre adoptivo y él eliminaban cualquier posibilidad de impedir que entrara.

El muchacho se impulsó en dirección al salón, hacia la única salida que le quedaba.

Voló por encima de las jarras de agua y la comida enlatada. Esquivó la montaña de mantas, colchas y fundas de almohada. Al llegar al balcón no se giró para ver si estaba siendo perseguido. Arrojó la improvisada cuerda al vacío y con un salto se aupó por encima de la barra. Distinguió una silueta renqueante que avanzaba directa hacia él desde la periferia de su campo de visión. La ignoró a sabiendas de que no contaba con tiempo para vacilaciones. Con un mano primero y la otra después sustituyó la firme seguridad de la barra de metal por la endeble suavidad de las sábanas anudadas.

Al soltar los pies quedó suspendido, balanceándose, percibiendo la terrible ausencia de espacio a su espalda y por debajo de él.

Descendió un pequeño tramo y el vértigo le subió desde el estómago hasta la coronilla. Los brazos comenzaron a temblar. Volvió a descender y el temblor se convirtió en sacudidas. Sombra comprendió con estoica previsión que no sería capaz de aguantar hasta el balcón del piso inferior.

Al mirar hacia arriba descubrió el rostro de Héctor, los dientes al descubierto, en una mueca ansiosa. Se inclinaba hacia Sombra, la mitad de su cuerpo colgando desde la cintura, en un intento por agarrarlo. Hubo un vislumbre mezquino en aquellos ojos oscuros y de pronto cogió un trozo de la cuerda y empezó a izarla hacia sí mismo.

Una idea peregrina e hinchada de desesperación cruzó a Sombra. Sacudió las piernas hasta que consiguió apoyarlas contra la pared; elevadas por encima de la mayor parte de su propio cuerpo. Entonces, clavó los talones en el saliente del balcón, extendiendo las rodillas y el tronco con todas sus fuerzas hacia abajo.

Hubo una pausa en que el cuerpo de Héctor sobresalió demasiado. Intentó mantener el equilibrio inútilmente, hasta que se precipitó —un bulto vociferante que por poco arrastró al muchacho— y la gravedad lo aplastó contra el pavimento.

Las piernas de Sombra se aflojaron y el cuerpo colgó como un peso muerto. Seguía sujeto a la cuerda, pero sin energía. Había jugado todas sus cartas y ya no le quedaban fuerzas ni trucos. Lograría aguantar así menos de un minuto y después se uniría junto a su padre adoptivo como una mancha sanguinolenta.

Sombra se retiró sin protestar ni lamentarse. Su final había llegado como a tantos otros antes que a él. Se acurrucó en la trastienda del subconsciente, ignorando las súplicas de Khalid, hasta la llegada del final.

El muchacho que había aflorado solo para ser testigo de su propia muerte le pidió que lo acompañara, pero allí no había nadie. Tal y cómo había sucedido en el pasado volvía a estar solo.

Las manos dolían como jamás le habían dolido. Intentó aguantar y, cuando creía que no podía más, siguió aguantando.

Se produjo una pausa horrible, un deslizamiento en que las manos acariciaron la tela de aquellas sábanas, y el brutal e indiferente tirón hacia la tierra.

La fachada del edificio se convirtió en un borrón vertiginoso que de golpe quedó interrumpido; nítido una vez más.

Cuatro brazos lo sostenían, dos de ellos —con diferencia los más fuertes— pertenecían a una mujer y los otros dos a una chica más cercana a su edad.

El rescate apenas duró unos segundos. Lo envolvieron en un abrazo cálido, lleno de susurros. Ya estaba a salvo. No tenía nada que temer. Todo estaba bien.

Khalid no creía que todo estuviera bien. Sabía que existían muchas cosas que temer. Y dudaba que alguien pudiera estar a salvo de nuevo. Pero, agradecido, devolvió el abrazo, dejando que las lágrimas expresaran lo que las palabras no podían.

 

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