Capítulo 4: Ernesto

 

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PRÓLOGO

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—Vamos, nos están esperando en la furgoneta —dijo Martínez.

—Ves yendo —dijo Ernesto en el tono más neutral e indiferente que pudo conseguir—. Enseguida os alcanzo.

Sentado en la bancada del vestuario Ernesto dejó caer la cabeza hacia delante. Comenzó a masajearse las sienes con fuerza. Un hábito que con los años se había consolidad como un remedio para aliviar la tensión del trabajo.

No podía retrasarse, pero tampoco podía salir en aquel instante. Necesitaba un momento para volver a juntar sus piezas. Por nada del mundo deseaba que sus compañeros percibieran que estaba punto de desmoronarse.

Finalmente, se incorporó, se ajustó el cinturón y volvió a desenfundar la reglamentaria pistola HK USP Compact de 9mm. Oscura, compacta y no demasiado pesada. Tenía un agarre mejorado gracias a la extensión del cargador, y que al mismo tiempo aumentaba su capacidad de munición hasta quince pequeños fragmentos de muerte.

Era la tercera vez en menos de seis horas que sacaba el cargador, comprobaba la recámara, el seguro manual y el gatillo. Esto no quería decir necesariamente que las cosas se fueran a torcer y, al mismo tiempo, le sugería que así iba a ser; antes o después.

La primera comprobación la hubo realizado en el apartamento después de que lo llamaran desde la Jefatura Superior de la Policía nacional, con sede en Valencia. Malas y jodidas noticias. Se había visto obligado a regresar al servicio activo hasta nueva orden. Él y hasta el último agente disponible.

De forma que se despidió de las vacaciones y del crucero por los fiordos noruegos que, por supuesto, ya estaba pagado y sin posibilidad de que le reembolsaran ni un solo euro.

La segunda comprobación de la pistola se produjo tras encender el televisor. La situación rayaba lo surrealista. El mundo se había vuelto loco de un día para otro, sin un periodo intermedio que permitiera asimilar los cambios. Era como asomarse por un precipicio sin final: puro vértigo. En las noticias pasaban imágenes de camiones militares y tanques Leopardo entrando en Madrid y Valencia. Vehículos de combate Centauro y Pizarro cruzando Las Ramblas en Barcelona y el Paseo de la Independencia en Zaragoza. Controles con barreras móviles y sacos de arena en las calzadas de Sevilla y Valladolid, formando improvisadas trincheras urbanas en un despliegue de fuerza sin precedentes.

La presentadora de las noticias intentaba mantener la calma con escaso resultado; su voz la delataba. Se quebraba —bajaba el volumen durante una fracción de segundo— y se recuperaba como la gráfica de un paciente terminal; los ojos brillantes, preñados de lágrimas que lograba mantener bajo control a duras penas, sin apartar la mirada, clavada más allá del espectador, en el panel que le hacía de guía.

Repetía la misma consigna cada cierto tiempo. Se había declarado el Estado de alarma en todo el territorio, que incluía un toque de queda desde las ocho de la tarde. La versión narrada explicaba que se había producido un ataque de posible origen microbiano o toxicológico. Dicho ataque provocaba un estado de enajenación, agresividad y salvajismo en las personas afectadas. No se descartaba que fuera un acto terrorista, aunque, por el momento, ninguna organización había proclamado su autoría.

Ernesto reflexionó qué, en resumidas cuentas, lo que venía a decir, es que alguien había cogido el protocolo de Ginebra sobre armas biológicas y se estaba limpiando el culo con él.

Recordaba a la ciudadanía que colaborase con las fuerzas de seguridad y el ejército en todo momento y, después, continuaba explicando a los espectadores sobre las posibles fuentes de contagio y como proceder en caso de estar expuesto a una.

Había que evitar el contacto con fluidos corporales de personas afectadas, como la saliva o la sangre y cualquier herida provocada por alguien infectado era un potencial vector de propagación. En caso de riesgo de contagio se pedía al ciudadano que se pusiera en contacto con las fuerzas de seguridad, quienes se asegurarían de garantizar su protección.

De lo que estaban hablando —la palabra no salía, pero flotaba sugerente durante toda la narración— era de jodidos zombis.

El resto de canales había suspendido la programación habitual para dar la misma versión de las noticias con pequeñas variaciones en el discurso y otros videos muy similares que mostraban carros blindados y vehículos ligeros circulando por las calles de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Salamanca y Valencia. Los pocos canales que no retransmitían el boletín daban paso a mesas con tertulianos en acaloradas discusiones.

En todas se hablaba de la infección, pero no como tema central, sino como un acompañamiento para el auténtico eje de la conversación: la declaración del estado de emergencia y la intervención militar dentro de las ciudades.

Y Ernesto entendió el porqué antes incluso de escuchar los argumentos y las réplicas. Jamás, desde la guerra civil, el ejército había intervenido de esa manera. El escenario presentado ofrecía un intervencionismo militar demasiado evidente como para no considerarlo un golpe de estado y no había pasado tanto tiempo desde el último intento como para que la posibilidad fuera demasiado plausible (hacía menos de cincuenta años desde que lo intentó el general Tejero).

De forma que apagó el televisor, recogió el equipo y se dirigió a la sede central para encontrarse con que tenían que disolver una manifestación.

Al parecer el toque de queda y la ocupación de los soldados quedaba muy lejos de haber logrado que la gente se quedara en sus casas. Los ánimos de la ciudadanía habían prendido como gasolina en un incendio, provocando una movilización masiva en las calles.

Volvió a frotarse las sienes, apretando más fuerte. Recordarlo todo de nuevo estaba empeorando la condenada migraña.

—¿Otra vez el dolor de cabeza?

No supo por cuanto tiempo había estado Martínez parado junto al marco de la puerta. Era diez años mayor que él, pero eso no había impedido que forjaran una buena amistad y, por supuesto, estaba enterado de sus frecuentes migrañas.

Ernesto asintió con un suspiro y recuperó la compostura.

—Todo esto es una mierda, ¿no te parece? —dijo Ernesto.

—Sí. Ahí fuera las cosas están bastante descontroladas. ¿Sabes que he tenido que pasar por dos controles para llegar hasta aquí? El tema es serio. Ahora mismo lo único que quiero es hacer mi trabajo y volver a casa. Tengo a las chicas esperándome.

—¿Cómo lo llevan?

—Bien. Todo lo bien que se puede llevar. La pequeña estaba bastante asustada y la mayor… no sé, nerviosa, creo. Cada vez me cuesta más saber que le pasa. Les dije que me encargaría de protegerlas y eso pareció calmarlas.

—¿Tú crees que será verdad lo de esa infección?

—Tengo entendido que sí. ¿Y por qué no iba a serlo? —replicó Martínez.

—Quizás sea un golpe de estado. Todo eso de la gente que enloquece me parece ciencia ficción —respondió Ernesto tras encogerse de hombros.

—Le das demasiadas vueltas a las cosas —dijo Martínez—. Venga, en marcha.

 

Los ocho estaban sentados, taciturnos, en la parte posterior de la furgoneta. Iban pertrechados con el equipamiento antidisturbios, los protectores y los escudos. El estado de ánimo general era tan oscuro como el vestuario.

—Castro Medina también ha fallecido.

Ernesto tardó varios segundos en saber quién había hablado. Con los cascos y la escasa luz del ocaso le resultaba difícil distinguir al resto de la compañía. Se trataba de Rodrigo, el subinspector al cargo de esa operación.

—¿Cómo ha sido? —preguntó Ernesto.

—En la Nueva Fe. Una carnicería. Y no es el único, hemos perdido por lo menos a otros diez compañeros y no quiero ni imaginarme cuantos civiles. Tuvo que entrar el ejército sin contemplaciones. Creo que ahora el sitio está acordonado. Ni siquiera lo han mencionado en las noticias… ¿Castro y tú os conocíais bien?

—Nos graduamos el mismo año. Era buena persona —quiso decir algo más, añadir unas palabras que no compusieran una frase manida, pero su mente era una tabula rasa. Por fin, dijo: —¿Dónde vamos?

—Hay dos concentraciones. De la primera no tenemos que preocuparnos porque aquello está bastante tranquilo. Solo un chalado que está predicando en la Plaza de la Virgen. La otra si que nos puede estallar en las narices. Es una marcha por el cauce del rio Turia. Se cree que saldrá por el Puente de la Exposición y continuará por la calle Colón hasta llegar a la plaza del Ayuntamiento. Vamos al dispositivo que se está montando al principio de la calle Colón.

Tras la gran riada, e inundación de la ciudad en 1957, se desvió el cauce de agua del rio Turia. Con los años, y la presión de los ciudadanos, el antiguo recorrido fluvial se convirtió en una arteria cubierta de jardines que atravesaba la urbe a nivel del subsuelo. En aquel momento un goteo constante de personas desembocaba en el rio. Una marea viviente que se desplazaba imparable y prometía repetir la catástrofe del siglo pasado.

 

No tardaron en llegar al dispositivo de control. Varias de las furgonetas de la policía nacional estaban aparcadas en batería, sobre la acera. Mas de una cincuenta de agentes permanecían agrupados a lo largo de la calle. La corona de la manifestación todavía no los había alcanzado pero la tensión flotaba en el ambiente.

Ernesto y Martínez se colocaron con los demás. Transcurrieron varios minutos que dieron la impresión de ser horas.

Algunos grupos de personas merodeaban por las proximidades, rodeaban el Arco de la Puerta del Mar y se desviaban hacia el parque contiguo al advertir la barrera de escudos y yelmos.

Al cabo de un rato, Rodrigo se comunicó por radio y cuando terminó se acercó a ellos. Tenía el ceño fruncido y sacudía la cabeza, molesto y confundido a la vez.

—No parece que la manifestación vaya a llegar hasta aquí —anunció.

La unidad intercambió miradas de incredulidad.

—Hay alguna clase de altercado entre los manifestantes. Varios agentes de la Guardia civil ya han intervenido, pero allí abajo es un caos. Nos han ordenado que les ofrezcamos apoyo con todos lo medios de que dispongamos y saquemos a los heridos.

Mientras el equipo asimilaba la información escucharon una serie de detonaciones consecutivas que provenían desde la calzada que conducía al rio. No se trataba de ninguna clase de petardo, era el sonido de un arma de fuego.

—Vosotros, quedaros aquí. El resto, ¡en marcha, a paso ligero y juntos! —dijo Rodrigo.

Tras una comprobación momentánea Ernesto calculó que serían casi una treintena de policías; aproximadamente la mitad del dispositivo.

Conforme avanzaron surgieron varias personas que corrían por la calle, escapando desde las escalinatas que daban acceso al Turia. Dos adolescentes llevaban en volandas a un tercero sosteniéndolo desde los brazos y las rodillas. Tenía la pantorrilla desgarrada y otro de ellos tenía la camisa y los pantalones cubiertos de sangre, aunque en apariencia estaba ileso. Otros disparos reverberaron y les alcanzó el sonido de los gritos, los aullidos y los lamentos.

Cuando Ernesto se asomó por la baranda de piedra, antigua y medieval, horadada por el tiempo y los elementos, quedó aturdido ante el escenario dantesco en que se había convertido el lecho del rio.

Parecía alguna clase de batalla improvisada que trascendía cualquier clase de homogeneidad. Mayores y jóvenes, hombres y mujeres, adolescentes e incluso niños. Una masa innumerable de personas que corría en todas direcciones. Muchas trataban de escapar y en su huida chocaban, caían o derribaban a otras personas. Esa era la gran mayoría. Pero había otras, las que perseguían.

Junto a una fuente había una mujer en torno a los cien kilos, y a la que le faltaba la mitad de la cara, que estaba sentada sobre la espalda de una muchacha. Su boca se cerraba sobre el cuello de la desafortunada, arrancaba un pedazo de carne, se incorporaba mientras lo masticaba con calma, volvía a inclinarse y repetía la operación.

Al mismo tiempo, un hombre de pelo cano estaba intentando trepar con escaso éxito a las ramas de un árbol. Dos adolescentes —la chica llevaba estampado el dragón tricéfalo de la casa Targaryen mientras que el chico lucía el lobo huargo de los Stark— tironeaban desde los tobillos. En cuanto el hombre cayó al suelo la muchacha se abalanzó sobre el estómago, blando y prominente, y mordió con saña. El señor intentó defenderse, pero el adolescente le sostuvo la mano izquierda hasta que consiguió cerrar la mandíbula en torno al dedo meñique. Con un rugido triunfal lo arrancó mientras su compañera se cebaba con las tripas.

Un guardia civil con el uniforme hecho jirones se acercó tambaleante a una señora que estaba de rodillas, encogida en actitud de oración junto al muro de piedra y le disparó a bocajarro en la nuca. El mismo guardia disparó al azar, en la sien, a un hombre en torno a los treinta años que intentaba subir por las escaleras. Por último, se colocó el cañón bajo el mentón y hubo un estallido rojo que salpicó la pared.

—Vamos a formar un perímetro con los escudos en torno a las escaleras y desde allí iremos sacando a los heridos. Vosotros cinco, desde aquí arriba sembrad los puntos calientes con botes de gas lacrimógeno. ¡Adelante!

Ernesto estaba a solo unos pasos de distancia y aun así le pareció escuchar las ordenes desde muy lejos. El mundo había dejado de girar, los días eran oscuros y las noches brillantes, la gravedad te empujaba al espacio y la tierra anegaba los océanos…

Era una pesadilla hecha carne y sangre.

En medio de aquello también se dio cuenta de que no era el único afectado por lo ocurrido, porque nadie pareció ser capaz de dar un paso adelante. El subinspector se puso a llamar a cada agente por su nombre y aquello funcionó. El resto de los policías se fueron uniendo, con timidez, a la formación.

Al principio el plan pareció funcionar. Los gases lacrimógenos provocaron la dispersión atormentada y torpe de algunos grupos de personas, pero los más conflictivos, aquellos que parecían enloquecidos, seguían atacando a todo el mundo. Pronto quedó claro que lo que se había conseguido era que mucha gente que todavía estaba en condiciones de escapar quedara a merced de los agresores.

—¡Mi hija está allí!

Martínez rompió la formación y salió corriendo hacia el tumulto. El subinspector le ordenó que regresara a la formación, pero sus palabras no produjeron ningún efecto y de todas formas tampoco pudo dedicarle mayor atención porque cuatro individuos ensangrentados cargaron contra la barrera de escudos.

A treinta metros de distancia Martínez se detuvo, soltó el escudo y la porra, para coger en brazos a una jovencita que estaba sentada al pie de unos setos; el cuello convertido en un bajorrelieve sanguinolento. Logró dar unos pasos antes de que la figura de la joven se convulsionara con brusquedad e hiciera tropezar a Martínez. En el suelo empezó un forcejeo y Ernesto creyó adivinar las intenciones de Martínez por calmar a su hija.

Con gesto ordenado, Ernesto dejó el escudo en el suelo. Desenfundó la pistola. Volvió a comprobar el arma por cuarta vez. Sentía una frialdad, clara y afilada en cada una de sus acciones. Un propósito. Dispara a la cabeza, se ordenó. Curiosamente la migraña había desaparecido.

Salió de la formación y avanzó seis pasos rápidos antes de detenerse. Apuntó a la mujer obesa que seguía devorando con parsimonia.

Solo es una diana más, pensó, y la mujer se desplomó hacia delante. Catorce balas.

Avanzó una docena de pasos. Martínez ya no quedaba lejos. Estaba sujetando a su hija desde los antebrazos y ésta era incapaz de morder el rostro a su padre gracias al casco. La pareja de adolescentes cargó contra Ernesto.

Trece. Doce. Once. Uno de los proyectiles se extravió con la muchacha y necesito de un tercer disparo para acertarle en el cráneo.

Una figura caminó renqueante hacia él y no supo si se trataba de una persona infectada o de alguien que tan solo buscaba ayuda en aquella orgía de locura y muerte. El hombre tenía el pelo y la barba de un rojo pálido, la tez blanca, los ojos azul claro, deslumbrantes. Extendió los brazos y antes de que llegara a tocarlo su cabeza salió despedida hacia detrás por la detonación de la pistola de Ernesto.

Diez, se limitó a pensar horrorizado para sus adentros.

Siguió avanzando, aunque la calma había desaparecido. La última muerte resonaba en sus entrañas con una nota amarga.

La hija de Martínez estaba reducida en el suelo. Su padre había plantado las manos sobre sus hombros y aunque la muchacha lanzaba dentelladas al aire le resultaba imposible moverse del sitio.

—Está infectada —sentenció Ernesto, sin dejar de mirar a los lados para asegurarse de que no les atacaba nadie.

Los ojos de Martínez estaban empañados en lágrimas.

—Quizás solo está confundida.

La muchacha se retorcía, mordía e intentaba por todos los medios librarse del agarre del padre.

—A lo mejor se le pasa en unas horas. O a lo mejor existe alguna cura. Tenemos que sacarla de aquí y protegerla… por favor, por favor…

Ernesto se dio cuenta de que había estado todo el tiempo apuntando a la cabeza de la chica. Tragó saliva y apartó el arma.

—Tienes razón. Quizás podamos ayudarla.

Fue entonces cuando escucharon el rugir de motores. Varios vehículos del ejército irrumpieron en la escena. Atravesaron las nubes de gas lacrimógeno.  Las ráfagas de fuego automático brotaron como brillantes luciérnagas haciendo estallar trozos de muro, del empedrado, de los manifestantes y de los infectados.

Ernesto se tiró al suelo y, antes de que mundo cambiara para siempre, vio como el subinspector y sus compañeros eran alcanzados por un racimo de proyectiles del calibre 7,62.

 

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