Capítulo 3: Nadia

 

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Este capítulo forma parte de una novela.

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PRÓLOGO

***

 

—¿Qué estás mirando, Nadia? —preguntó Alejandro mientras indicaba que iba a cambiar al carril de la izquierda.

La pregunta pasó inadvertida. Nadia permanecía abstraída por el teléfono móvil. Deslizaba el dedo por la pantalla. Leía unas pocas líneas y volvía a deslizar el dedo. De vez en cuando giraba la pantalla y tecleaba algo.

—Hey, ¡becaria!

Aquello logró captar su atención.

—¿Qué? Ya sabes que no me gusta que me llamen así.

—Parece que a veces es la única forma de que hagas caso. ¿Qué estás viendo?

—Se ha vuelto viral. Está por todas partes.

Alejandro redujo casi sin pensar la velocidad a cincuenta kilómetros por hora, el máximo permitido en ciudad, y miró absorto como tres furgones de la policía nacional lo adelantaban. Avanzaban raudos, en una línea compacta; el resto de vehículos se apartaban de su camino, aunque ninguno de los furgones llevaba puestas las luces de emergencia o la sirena.

—¿Qué decías?

Nadia seguía con la cabeza inclinada hacia el teléfono.

—El video se ha vuelto viral. En YouTube tiene casi dos millones de visitas. Ahora mismo Twitter está que arde. Hay toda clase de teorías de la conspiración. Eso sin contar los chistes o los memes. Para esta tarde “caníbalesespañoles” se habrá convertido en trending topic. Estoy retuiteando algunos de los mensajes más interesantes. Creo que podría escribir un artículo solo con el contenido de las redes.

—Eso está genial, pero necesito que te concentres. Aparcar en La Fe va a ser imposible o casi imposible. Te voy a dejar en la entrada principal y daré una vuelta a ver si lo consigo en la parte de atrás. Si no encuentro ningún lugar lo aparcaré en doble fila. Con un poco de suerte y el circo que se está montando no nos pondrán ninguna multa. ¿Conoces el hospital?

Nadia dejó a un lado el móvil y el borrador que había empezado a escribir mentalmente. Entre el flujo constante de ideas destacaba el artículo, pero también una historia que podría colgar en Wattpad. Una adaptación de lo que estaba sucediendo en la actualidad. Tenía que ser algo original. Quizás una crónica de los acontecimientos sucedidos o mejor aún, una novela rio, con multitud de personajes que dieran forma a la historia a través de sus experiencias. Nada tan manido como un apocalipsis zombi. Eso estaba demasiado visto. Buscaría la forma de poner en relieve el eterno conflicto. Homo homini lupus. El hombre es el lobo del hombre. Incluso había pensado…

—¡Nadia, espabila!

—No, no lo conozco —dijo con las mejillas sonrojadas.

—Vale. Es enorme. Tremendo. El hospital más grande de Europa y uno de los más grandes del mundo, así que tienes que saber a dónde te diriges. El edificio que nos interesa es de los centrales. La Torre E. Usa las escaleras. No uses los ascensores. Las colas son enormes y tardarás una eternidad. Hay algunos ascensores en la parte interior del hospital, pero como no lo conoces te parecerá un maldito laberinto. De normal te diría que fueses por allí, pero tal y como está el panorama te recomiendo que tampoco los uses. ¿Entendido?

—Torre E. Escaleras sí, ascensores no. No sé si seré capaz de recordarlo, solo soy una pobre becaria. ¿Debería tatuármelo?

Alejandro soltó una carcajada.

—Sí, por supuesto, en la frente —sacudió la cabeza mientras sonreía—. Un contacto me ha dicho que tienen a gente ingresada en la séptima planta de la torre E. Dudo mucho que dejen pasar a alguien. Tú de todas formas inténtalo. Si no logras nada prueba en la sexta planta. Toma un montón de fotografías. Cuando llegue yo también tomaré unas cuantas, pero como no sabemos cuándo ocurrirá eso asegurémonos de tener por lo menos algunas imágenes para mostrar.

—Fotos, entendido.

—Y una vez hayas hecho eso recopila algunos testimonios. Prueba primero con los familiares de las personas ingresadas que de seguro habrá unos cuantos, y después con el personal sanitario.

—Entrevistas a gogó. ¿Algún consejo más, oh, sabio Alex-Wan Kenobi?

La sonrisa de Alejandro estaba empañada por una sombra.

—Seguro que todo estará bajo control, pero si ves cualquier cosa extraña, lo que sea, olvídate de las fotos. Olvídate de las entrevistas y del artículo. Sal de ahí cagando leches. Llámame cuando estés en un lugar seguro y nos encontramos. ¿Vale?

—Vale —dijo Nadia, prolongando la a durante un segundo—. Ahora sí que me estás dando mal rollo.

—Todo el tema este del video y los ataques… puede que no sea nada y solo esté un poco paranoico, pero tengo un mal presentimiento. Ves con cuidado, ¿vale?

—Tranquilo. He estado leyendo que lo más probable es que tan solo se trate de yonquis que se han metido alguna droga nueva.

—Yo no contaría con ello. La planta donde está el pastel es donde ingresan a pacientes con enfermedades infecciosas. Tú ve sobre segura. No puedo permitir que mis becarios tengan accidentes durante las prácticas.

—Descuida. Soy la primera interesada en no tener accidentes.

—Muy bien. Mira, te voy a acercar un poco y buscaré aparcamiento.

Alejandro tomó el desvío en el Bulevar sur que le permitía acceder al hospital. La calle de tres carriles que transcurría frente al hospital parecía un hormiguero en plena efervescencia. Muchos vehículos se cruzaban para intentar adelantarse mientras que otros se quedaban parados en los carriles laterales con las luces de emergencia encendidas. Esto formaba auténticos embudos donde todo el mundo exigía pasar entre pitidos y palabras poco amigables. En el segundo embudo Alejandro se vio obligado a detener el coche. Un grupo de cuatro personas estaba parado en el carril central y parecían a punto de llegar a las manos; discutían acaloradamente sobre quién tenía prioridad para aparcar en un hueco libre.

El monovolumen gris cromado que había frente a Alejandro y Nadia tocó el claxon durante varios segundos lo que encendió todavía más los ánimos. Uno de los miembros del grupo, un señor en torno a los sesenta años, calvo —la cabeza de un rojo radiante, a punto de convertirse en un géiser volcánico—, se encaró con el conductor del monovolumen y le dio un par de fuertes palmadas en la carrocería. Gritó algo, hizo un gesto con el dedo corazón, y al no lograr más respuesta por el conductor del monovolumen regresó de nuevo a la otra discusión.

—Alguien necesita una tila —dijo Nadia.

—Sí.

—Esto puede ir para largo. Lo mejor será que me baje aquí y vaya yendo.

—No estoy seguro de que debas ir sola.

—Eso ha sonado bastante machista, ¿sabes?

—No creo que ninguno de los dos deba ir solo —se apresuró en añadir.

—¿Sientes una perturbación en la fuerza?

—Ríete si quieres, pero hacer caso a mi intuición me ha evitado muchas complicaciones.

—Te preocupas demasiado.

Pasaron varios segundos durante los cuáles Alejandro observó con fijación al grupo que tenían delante.

—Supongo que sí. Bueno, ves para allí. Llévate la cámara pequeña y en cuanto logre aparcar te llamo.

Nadia se colgó del cuello la funda con una Canon desvencijada, pero que hacía su trabajo, y se dirigió hacia el hospital. A doscientos metros de ella había un acceso acristalado por el cuál entraba y salía gente sin parar. Caminó entre dos coches aparcados, cruzó un tramo de carretera y aprovechó para comprobar que había perdido de vista a Alejandro.

En ese momento volvió a sacar el teléfono móvil. Le gustaba mucho Alejandro, era un tío genial, pero siempre le estaba echando en cara que se despistaba de ver volar una mosca y de que se pasaba demasiado tiempo mirando Twitter. Nadia sabía que lo último se trataba de una verdad a medias, porque también comprobaba sus cuentas de Instagram, Facebook y Wattpad.

El mensaje para ella estaba claro. Nadia, céntrate si quieres ser una buena periodista. Y ella estaba dispuesta a demostrarle que podía ser profesional. Sin renunciar a sus fuentes de información, claro. Ahora tenía una buena oportunidad y no pensaba desperdiciarla. Sería el reportaje de su vida.

La discusión que se desarrollaba en las redes acerca del video en la gasolinera ya no parecía centrarse sobre si era auténtico o si no lo era. Solo había pasado un día desde su publicación y, a pesar de ello, dentro del particular arco temporal de las redes, era historia antigua.

Después de que varias personas hubieran sido ingresadas con heridas de mordiscos en el Hospital Carlos III y en los hospitales universitarios Clínico San Carlos y HM de Madrid mucha gente daba por sentado que el video era auténtico.  Ahora las conversaciones iban dirigidas a averiguar el origen de los ataques. En el debate de las redes no faltaban entendidos que aseguraban saber con exactitud de qué se trataba.

Las teorías iban de las más racionales —alguna droga o toxina que afectaba al cerebro— hasta las más delirantes y absurdas. Estas últimas incluían invasiones extraterrestres procedentes de las Pléyades, zombis devoradores de cerebros, hombres lobo y sectas satánicas. Cada uno que eligiera su veneno.

Y por si aquello no fuera suficiente la publicación de noticias extravagantes se había disparado durante las últimas horas. A Nadia le costaba mucho aceptar incluso una pequeña fracción de las mismas.

Abrió un enlace en Facebook y descubrió una declaración del ministro del Interior que apenas había sido emitida minutos atrás. Aunque estaba grabado en la zona de prensa del Congreso de los Diputados no se trataba de una comparecencia frente a periodistas, sino de un anuncio general a la población.

“…de forma que todavía es pronto para determinar si realmente se trata de casos aislados o de si se trata de una amenaza que ponga en riesgo la salud y la seguridad de la población. Hemos realizado un análisis holístico multidisciplinar que ofrezca respuesta ante esta inusual situación, así como ofrecer una respuesta adecuada y eficaz. Fruto de todo ello los expertos han creado un protocolo que permita poner en marcha esa respuesta con medidas de prevención y protección.

Para ello, pondremos a disposición de la ciudadanía un número de asistencia que servirá como nexo entre un grupo de intervención especializada que integrará las fuerzas de seguridad del estado y los servicios sanitarios.”

—¿Tienes un minuto para ayudar a los refugiados? —le dijo una voz cálida.

Nadia levantó la mirada del móvil. La voz pertenecía a un hombre joven que, como ella, rondaría la primera mitad de la veintena. El celeste de sus ojos la dejó casi tan aturdida como la sonrisa, la maravillosa sonrisa, que le estaba regalando. Llevaba una pechera con las siglas ACNUR estampadas en azul sobre el fondo blanco y una carpeta.

Por un segundo no supo dónde se encontraba. Tuvo que mirar alrededor para entender que ya había cruzado la entrada acristalada del hospital.

—¿Qué has dicho?

La sonrisa del chico se ensanchó.

—¿Tienes un momento para escucharme y ayudar a los refugiados? Solo sería un minuto.

—Yo… lo siento, pero no puedo —respondió Nadia casi entre balbuceos.

—¿Seguro? Con solo un minuto de tu tiempo podrías salvar vidas —y el tono de su voz la hizo sentirse como la persona más despreciable del mundo.

—Es que estoy trabajando. Ahora no puedo…

—¿Quizás más tarde?

—Sí, vale —contestó Nadia sonriendo, aunque lo que habría querido decirle es que más tarde iba a resultarle imposible.

Se alejó a toda prisa sin saber hacia dónde iba. Durante varios segundos se sintió como una estúpida. La declaración del ministro —con las implicaciones que se arrastraban bajo sus palabras— se fue abriendo camino lentamente en todas sus ominosas posibilidades.

Necesitaba ordenar en su cabeza lo que sabía, pero temía la respuesta que pudiera encontrar. De todas formas, ¿es que acaso no era más urgente ubicarse, encontrar la torre E y hacer su trabajo?

Se obligó a detenerse y por primera vez pudo apreciar el edificio en toda su dimensión. Tuvo la sensación de hallarse en el interior de una colosal ballena de ángulos rectos cuya piel era cemento y cristal. Tonos en blanco y crema, neutros e indiferentes. Aséptico. Y la espaciosidad. La distancia que parecía ocupar todo y a todos. Allí las personas pasaban a un segundo plano, correteando a nivel del suelo con urgencia contenida. El protagonista era el propio hospital y su esencia era el vacío. La nada. La enorme nada que lo completaba.

Nadia se dejó arrastrar por la impresión. Giró sobre sí misma, aturdida por su propia insignificancia en esa marea de personas que iban de un lado a otro, esquivándose. Que se agolpaban ante el corredor de los ascensores. Que se adentraban en las venas del hospital hasta alcanzar las mismas entrañas.

Por un momento casi tropezó de lleno con una imponente figura uniformada de azul marino, oscuro, muy oscuro. Se hizo a un lado y el policía nacional continuó caminando por la sala con pasos lentos y solemnes, sin que apenas le prestara atención. Mediría un metro noventa, con la constitución de un armario ropero, y su sola presencia, sin contar la escopeta que acunaba entre sus brazos, resultaba intimidante.

Observó marcharse al policía convertido en una pieza más de ese rompecabezas mental, encajando junto al video de la gasolinera, las declaraciones del ministro y las intuiciones de Alejandro. Todo empezaba a cobrar una dimensión demasiado real. No quería asumir que la situación fuera tan grave. Sin embargo, demasiadas pinceladas empezaban a juntarse y era incapaz de negar la imagen presentada.

Sabía que en los medios de comunicación se solía “aderezar” las noticias acerca de una crisis o conflicto porque el miedo vendía. El miedo era ese plato que nadie deseaba, pero que una vez servido el espectador estaba dispuesto a repetir, una, y otra, y otra vez. No quería ser una víctima más de los medios; no quería admitir que la habían convencido.

Así que, aunque su instinto le decía que ninguna noticia valía el riesgo de encontrarse con una enfermedad que enloquecía a la gente hasta convertirla en caníbales, tragó saliva y se introdujo en uno de los amplios corredores que se adentraban en el hospital.

Llegó a un pasillo transversal y eligió por azar el camino de la izquierda. Para su sorpresa unos metros después giraba a la derecha en un rellano con varios ascensores y ninguna persona esperando. Un cartel indicador de la torre E lucía sobrio en la pared. Recordó las instrucciones de Alejandro. El único motivo para no usar los ascensores era que estarían llenos de gente y aquel no era el caso.

Tras pulsar las dos flechas —arriba y abajo— para llamar al ascensor, sacó el teléfono móvil mientras comprobaba sus redes sociales.

Sonó el timbre y la puerta se deslizó.

Un par de personas salieron. Nadia se introdujo sin levantar la mirada. Revisaría hasta la última noticia para extraer la verdad de lo que sucedía.

La puerta se cerró. Ni tan siquiera pulsó un botón. Un sinfín de comentarios nuevos la transportaban más rápido y más lejos de lo que jamás podría lograr ese ascensor.

Sonó el timbre de nuevo y la puerta se abrió.

Nadia abandonó el ascensor, ausente en la pantalla, sin darse cuenta de que había descendido al sótano.

Fue recibida por un amplio corredor que se perdía en la distancia. Atravesaba al hospital en toda su extensión como una hueca columna vertebral. Allí no entraba ni un solo haz de luz solar. La única iluminación era la proyectada por las bombillas ubicadas en el techo que parecían estar perdiendo la batalla contra la oscuridad.

Se quedó parada allí en medio. Revisó Twitter. ClaraOlm84 afirmaba haber presenciado cómo a su hermano lo habían atacado en plena calle y cómo habían hecho falta cuatro agentes de la Benemérita para reducir al agresor.

Evan Loco aseguraba que en Valencia, en el paseo marítimo de la Malvarrosa, habían encontrado a un jubilado royendo la tráquea de un sin techo.

El rítmico sonido de unos pasos fue creciendo hasta alcanzarla. Pasaron a su lado y siguieron presurosos hasta dejarla atrás.

Leyó una noticia colgada en Facebook. Un camping cerca de Vinaroz había sido clausurado por la policía tras un dantesco escenario que se había producido durante una fiesta. Seis personas habían fallecido y otras veintidós habían sido agredidas, entre ellas dos agentes de la policía nacional.

El eco de los pasos decreció hasta desaparecer tras unas puertas.

En la BBC y en la CNN se mencionaba la aparición de un posible brote vírico en España. La noticia era escueta e intentaba ceñirse a los hechos, que de momento eran escasos y demasiado erráticos, pero, incluso así, se acuñaba al posible virus como “la rabia española”.

Nadia se disponía a contrastar las noticias con las que ofrecían los medios nacionales, pero se vio interrumpida por un grito horrorizado que la transportaba a un periodo de la humanidad donde la oscuridad te cazaba, te mordía y, finalmente, te devoraba.

El grito se prolongó hasta desaparecer, convertido en un gorgoteo silencioso.

Los bosques del pasado habían sido sustituidos por un corredor lóbrego. Desierto. Un laberinto de dos direcciones. Alejarse o acercarse al grito. Así de sencillo.

En su pecho sonaba el acompasado, y cada vez más acelerado, tambor del terror.

De nuevo, ella no quería ver. No quería saber. Pero era una mentira flagrante, porque ella siempre había querido saber; por eso estudió periodismo. Y aunque una parte de su mente le gritaba que saliera de allí, sus pies empezaron a caminar en dirección al grito. Primero uno y después el otro. Tímidos al principio. Más resueltos conforme se aproximaba al origen del grito.

Unas puertas dobles se sacudían en leves convulsiones. Como si un niño estuviera dándoles débiles puntapiés.

A la escasa distancia de un metro comenzó a oír. Era un sonido húmedo, ansioso, revuelto, que se mezclaba con gruñidos ahogados.

Nadia contuvo la respiración cuando se asomó por uno de los ojos de buey. Al otro lado distinguió un cuerpo postrado boca abajo. Solo lograba ver las piernas y ni rastro de quién estaba produciendo los gruñidos. La puerta se abrió un poco más. Durante una fracción de segundo atisbó lo que estaba al otro lado de la puerta.

Dio varios pasos hacia atrás —los pulmones atrapados, luchando por tomar aire de nuevo— temiendo que el más mínimo sonido dirigiera la atención sobre ella.

Los ojos prácticamente escaparon de sus órbitas cuando el teléfono móvil comenzó a sonar a todo volumen con Thunder de Imagine Dragons. Alejandro la estaba llamando.

Colgó.

Silencio. Un silencio absoluto. También al otro lado de las puertas dobles.

A través del ojo de buey algo le devolvió la mirada.

Y Nadia lo supo. Supo con exactitud lo que iba a suceder a continuación y aun así fue incapaz de moverse. Incluso tuvo tiempo de pensar la frase, cristalina y acelerada: Va a matarme.

Cuando las puertas se abrieron de golpe Nadia se apretó contra la pared.

Cuando aquel hombre desnudo, espigado, la tez morena, avanzó renqueante hacia ella —la pierna izquierda desgarrada, sangre oscura, densa, borboteando por un sinfín de pequeñas heridas— Nadia miró en vano hacia los lados con la esperanza de que hubiera alguien más para ayudarla.

Cuando la boca de aquel salvaje —repleta todavía con radiante sangre fresca— se cerró sobre Nadia, ésta interpuso lo primero que le vino a la mente. Los dientes se hincaron con fuerza en la funda de la cámara fotográfica.

Lo siguiente de lo que Nadia fue consciente era de que estaba corriendo por unas escaleras hacia arriba. Apenas recordaba cómo se había desembarazado de la correa, ni como se había escurrido por debajo de su agresor. Tenía la sensación de ser el personaje de una película pasada a cámara rápida.

Se giró por un momento solo para escuchar con espanto el sonido irregular y constante de su perseguidor.

Al atravesar las puertas que conducían al hall del hospital se cruzó con una doctora que pretendía descender por las escaleras. Nadia la sostuvo de las solapas y tiró de la mujer hacia la salida.

—¡No puede ir por ahí! ¡La matará! ¡Ya viene! ¡La matará!

La doctora forcejeó con Nadia en una mezcla de sorpresa y ofensa. Hizo un ademán violento y logró quitarse a Nadia de encima.

—¡Suéltame! ¿Estás loca o qué? ¿Quieres que llame a seguridad?

—¡Sí! ¡Llámelos! —intentó bajar el tono de su voz, vagamente consciente de la impresión que debía estar provocando en ese instante—. Allí abajo hay una de esas personas infectadas. Ataca a…

El infectado en cuestión ya estaba subiendo por las escaleras y a Nadia le pareció ver una sonrisa de satisfacción en aquellos labios ansiosos.

La doctora se giró hacia el hueco de las escaleras solo para descubrir que alguien se abalanzaba contra sus piernas. Aulló de dolor cuando el infectado le mordió en la pantorrilla y habría caído de espaldas si Nadia no la hubiera sostenido.

La joven periodista tiró de la doctora hasta salir a uno de los grandes salones que servían de sala de espera en el hospital.

Alrededor de cien personas —repartidas entre aquellas que aguardaban en unos bancos el turno para las analíticas de sangre y quienes hacía cola ante los ascensores— se giraron hacia Nadia cuando ésta empezó a gritar una y otra vez: —¡Ayuda! ¡Ayuda!

La multitud permaneció inmóvil, como un ente compacto, con la excepción de aquellos que estaban demasiado cerca y aprovecharon para alejarse de una situación que no les incumbía.

En el momento en que el hombre renqueante apareció en escena se escucharon murmullos inquietos entre varios grupos de personas. En el instante en que se abalanzó sobre un solitario señor sentado en un banco anclado al suelo (¿Oiga, le sucede algo?) y le desgarró la garganta, la multitud se convirtió en una estampida.

Nadia se alejó una veintena de metros antes de soltar a la doctora que se marchó cojeando con la masa de gente. Tragó saliva. Encendió la cámara de video de su teléfono móvil y enfocó al individuo infectado. La mano le temblaba tanto que tuvo que agarrarse la muñeca con la mano izquierda para lograr mantener la imagen.

El policía nacional se abrió paso entre la marea que huía; la escopeta en alto, la culata apoyada en el hombro.

—¡Apártese! —rugió el agente.

Un trozo de carne sanguinolenta escapó de la boca de aquel monstruo. En aquellos ojos no existía el miedo. Tampoco la duda. Allí solo navegaba, eterna, el hambre.

La escopeta sonó como un trueno, arrancando de cuajo el brazo izquierdo del hombre renqueante, cuando éste recortó a la mitad la distancia que los separaba. Hubo una pausa en que el infectado se vio obligado a recuperar el equilibro. La pausa terminó y volvió a avanzar con pasos desiguales hacia el policía. Nadia vio como el agente bajaba el cañón de la escopeta. Algo iba mal. Estaba intentando solucionarlo, sin éxito. Retrocedió dos pasos.

El infectado se impulsó hacia arriba y hacia delante con la pierna ilesa. Rodeó el cuello del policía con el brazo que todavía le quedaba y se arrimó a su cara como un amante añorado. De un beso le arrancó la nariz y ambos se derrumbaron en el suelo mezclando gruñidos de placer y gritos de dolor.

Nadia salió corriendo. Ya tenía su reportaje.

 

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