Capítulo 2: Julia

 

***

AVISO IMPORTANTE

Este capítulo forma parte de una novela.

Si has llegado hasta aquí sin haber leído los capítulos anteriores romperás el hilo conductor de la historia.

Para leer la novela desde el principio solo tienes que pinchar en:

PRÓLOGO

***

 

Desde el televisor de cincuenta pulgadas sonaba a todo volumen “I need a hero” mientras en la pantalla, Rachel Newsham y Dan Cohen —los monitores de bodycombat— lanzaban una orquestada combinación de puñetazos y patadas.

Julia se permitía llamarlos por sus nombres en voz alta ya que tenía la mayoría de sus episodios y, en su modesta opinión, eso le concedía el derecho a dirigirse a ellos con confianza. Los saludaba al principio de cada programa y protestaba cuando las series de golpes se volvían tan agotadores que se veía obligada a detenerse. Claro que Julia no esperaba que le contestaran. Eso habría sido de locos y ella estaba cuerda. Al menos, tenía la esperanza de que así fuera.

Llevaba algo más de seis meses practicando frente al televisor, por lo menos, tres días a la semana. Lo hacía por las mañanas y lo había incorporado a su clase semanal de spinning y pilates en el gimnasio. Pero estaba dispuesta a sacrificar estos dos últimos ejercicios en beneficio del bodycombat.

Julia había descubierto durante el último mes porqué le gustaba tanto. El conocimiento le llegó de pronto al reconocer los pensamientos subyacentes a las sesiones y lo que hacía con ellos. Quizás habían estado allí desde el principio, latentes en su interior, a la espera de que los iluminara con un poco de reflexión. O tal vez fueron emergiendo tímidamente con el tiempo. En cualquier caso, una vez que los había descubierto resultaba imposible ignorarlos.

Le gustaban esas sesiones porque no se dedicaba tan solo a marcar los golpes. Cuando ella golpeaba estaba machacando, aplastando, haciendo añicos, todo lo que la disgustaba de su vida. Y tenía un par de cosas a las que sacudir hasta que le sangraran los nudillos y le crujieran los huesos. Seguramente así habría ocurrido de no ser porque los puñetazos y patadas solo cortaban el aire frente al televisor.

Durante aquellas sesiones los jabs de boxeo arremetían contra las largas ausencias de su marido en el extranjero. Cada patada de capoeira iba dirigida a los años sacrificados en beneficio de su familia y que nadie parecía reconocerle. Y los ganchos. Los ganchos y golpes cruzados se los dedicaba a ella misma. Uno tras otro. Se odiaba por no haber terminado la carrera de medicina y por pensar, demasiado a menudo, que su vida carecía de sentido.

No siempre había sido así. Antes era una mujer realizada. Como esposa. Como madre. Como… pero ya estaba. Y allí radicaba su malestar. Porque Román ya no parecía necesitarla (el mundo de su marido giraba en torno al trabajo, que era la investigación y la difusión de dicha investigación) y Laura que, con tan solo doce años, había empezado a sustituirla por sus amistades; apartándola lenta e inexorablemente de su lado.

Ninguna de estas preocupaciones salía a la superficie. Ella ofrecía un rostro calmado, como las aguas de un lago al amanecer. Sostenía con facilidad una sonrisa que provocaría las envidias en cualquier anuncio de higiene dental. Transmitía una falsa templanza que mantenía opaca la rabia.

Cualquier persona que se cruzara con Julia por la calle, al salir del coche, o en el rellano del bloque de apartamentos, se llevaba la impresión de que su vida debía ser radiante. Una vida plena, resuelta, sin problemas, llena de satisfacción. Siempre elegante, hermosa, luciendo ropa que permitía adivinar las curvas atléticas y firmes de su cuerpo. La viva imagen de la perfecta mujer florero.

Para el resto del mundo Julia solo era eso. Un objeto bonito al que admirar, desear o criticar en la distancia.

Muchos de sus vecinos sabían que su marido era un famoso investigador en medicina, porque esa clase de cosas se comentaban entre cuchicheos casuales y algunos no tan casuales. De la misma forma que todo el mundo sabía que la vecina de la puerta treinta y dos tenía un amante que acudía durante las horas de madrugada cuando su pareja trabajaba en el turno de noche. O que al vecino de la cuarenta y nueve le apestaba el aliento a alcohol, ya fuera de mañana, tarde o noche. O… la lista era interminable.

Lo que nadie sabía, porque esa clase de cosas no interesaba saber, es que Julia, quién tenía un coeficiente de inteligencia alrededor de ciento cincuenta, había abandonado la carrera de medicina por decisión propia para quedarse embarazada. Lo que tampoco nadie sabía —se mudaron varios años tras aquello— es que el bebé nació muerto y Julia estuvo durante un año sumida en una depresión.

Logró salir de aquel estado de la mente —blando, acolchado, lejano e indiferente— en parte gracias a la ayuda de una psicóloga a la que veía dos veces por semana y, en parte, al apoyo incondicional de Román, que por aquel entonces todavía no era su marido. Pero sobre todo logró salir adelante gracias a la determinación de que se convertiría en madre, una buena madre; que demonios, una madre excepcional. Una idea a la que necesitó darle forma durante aquellos dolorosos meses hasta adquirir la consistencia de un barco que la mantuvo a flote y, al mismo tiempo, la guio hacia delante.

Tras aquel periodo volvieron a intentar quedarse embarazados y en dos ocasiones sufrió abortos espontáneos. Pero aquello no la detuvo. Estaba decidida a traer vida, protegerla y cuidarla.

Entonces quedó embarazada de Laura. Y tuvo la intuición, la seguridad, de que en esa ocasión saldría bien. Pasaron los meses, la temible barrera de los tres primeros meses, y resultó ser una intuición acertada.

Aquel año, durante el quinto mes del embarazo, Román y ella se casaron. La universidad de Valencia le había concedido una generosa beca de investigación y el futuro les sonreía con toda clase de promesas.

Más adelante le costaría recordar aquella etapa. Su pasado, su vida entera en general, quedó eclipsada por el nacimiento de Laura. Un cambio radical en el orden y posición dentro del tapiz de la existencia; muy parecido al profundo cambio que también sufriría su vida con la aparición de la rabia española, nombre por el que se daría a conocer la infección en muchos medios de comunicación.

Durante los años posteriores al parto Julia se dedicó a cuidar de su familia con un frenesí discreto; consumiéndose en su propia soledad.

Román y ella se fueron distanciando. No fue un proceso dramático, con episodios de discusiones y lágrimas. Ocurrió en el monótono y costumbrista pasar del tiempo, cuando las caricias y los gestos de cariño se volvieron cada vez menos frecuentes. Los susurros y las risas de complicidad por las noches fueron sustituidas por breves y formales intercambios de palabras. Las vacaciones se transformaron en un compromiso durante el cual se veían obligados a abandonar las cómodas rutinas. Ella se dedicaba a la casa y a la crianza de Laura. Él a su trabajo.

Durante el último año Julia se dio cuenta de que había comenzado a hundirse de nuevo. Le costaba dormir por las noches. Cuando se tumbaba en la cama su mente empezaba a rodar como una locomotora en pleno funcionamiento. Los nervios hormigueaban y la mantenían en un estado prolongado de vigilia hasta que, agotada, lograba conciliar el sueño. Un sueño sin sueños.

Cada día que pasaba la opresión en sus pulmones aumentaba un poco más. La vida se había convertido en un nudo apretado. Muy apretado. Tan apretado que apenas la dejaba respirar.

Cuando la sensación de asfixia comenzó a ser insoportable se apuntó al gimnasio que quedaba más cerca de casa. Probó las diferentes clases que ofertaba y al cabo de varias semanas empezó a descubrir que se encontraba mejor. No mucho mejor, pero si lo suficiente para entender lo cerca que había estado de hundirse por completo.

Todos esos acontecimientos aparecían con frecuencia durante las sesiones de bodycombat. Un monólogo que la atravesaba como un río subterráneo de recuerdos, fragmentos y emociones, amortiguados por la música y la coreografía de los ejercicios.

Ese día en particular —cerca ya de terminar la sesión; los músculos de las piernas, los brazos y la espalda, ardiendo placenteramente— consideraba la posibilidad de apuntarse de nuevo a la universidad. Quizás al grado de psicología o el de pedagogía. Desde luego no volvería a estudiar medicina.

La carrera, la facultad de medicina, estaba toda ella teñida por sus primeros recuerdos con Román y el bebé (Clara, se llamaba Clara) que nació muerto.

Dejó que la ducha se prolongara más de lo necesario. Durante varios segundos la presión del agua se incrementó y cuando el chorro impactó con fuerza en el rostro —agujas líquidas que no parecían terminar jamás— no hizo nada por evitar el dolor.

Podría acudir en horario de mañanas. El colegio de Laura había cambiado a horario intensivo de forma que ahora terminaban al mediodía, pero aun así creía ser capaz de arreglárselas para dejar la comida hecha.

Tras hidratarse bien salió a la calle vestida con ropa de deporte, elástica, ceñida a la línea de su cuerpo como un guante de goma. Saludó a un par de vecinos, rostros conocidos a los que jamás había asignado un nombre, y, cuando estaba a punto de llegar a Mercadona, una voz la detuvo.

—¡Julia!

—Hola Esther —dijo Julia con una sonrisa queda. Se conocían de la clase de spinning. Esther tenía tres hijos y uno de ellos, el más pequeño, iba al mismo curso que Laura. Los tres tenían fama de problemáticos.

—Se te ve estupenda. Tan juvenil. Aunque claro, yo también estaría como tú si no hubiera parido a tres hijos.

—Bueno, todo es cuestión de mantenerse en forma. —Una sombra cruzó la sonrisa de Julia. Cuatro. Yo podría haber tenido cuatro.

—¡Ay! Ojalá fuera cierto. Pero el cuerpo no se recupera igual de bien. No sabes la suerte que tienes, querida. Puedes dedicarte a ti misma todo el tiempo que quieras. Los hijos solo traen quebraderos de cabeza.

—Seguro. ¿Qué tal Kevin? He oído que tuvo problemas en la escuela.

La boca de Esther se torció en una mueca.

—No fue nada. Cosas de chiquillos. Está en esa edad. Si te soy sincera creo que se ha exagerado el tema. Es normal que de vez en cuando hagan alguna trastada.

—Supongo. Espero que la policía no lo detuviera ni nada por el estilo.

—Oh no. Solo le dieron un susto y me alegro, vaya si me alegro. Los chicos necesitan que les den un susto de vez en cuando para ponerles los pies en la tierra. Con las chicas es diferente. Tu Laura, por ejemplo, es tan normalita que parece que nunca haya roto un plato.

—Laura tiene la cabeza muy bien amueblada —dijo Julia lacónica.

—Espera a que se le despierten las hormonas. De eso no se escapa nadie.

—Ya. Mira, tengo que ir a hacer la compra. ¿Nos vemos en el gimnasio?

—No creo que pueda. Esta semana estoy tan ocupada que no tengo ni una hora para escapar. A lo mejor la que viene.

Julia se alegró de dar por terminada la conversación. La mayoría de las veces que se encontraba con Esther sentía como si estuviera en una lucha dialéctica donde los golpes bajos no eran la excepción sino la norma. Resultaba agotador y siempre terminaba con un sabor amargo.

Ya en el interior del supermercado comenzó a arrojar artículos en el carro. Aquello le supuso un auténtico ejercicio de inventiva, porque no necesitaba ninguno de ellos. Cada lunes realizaba una meticulosa compra y, en ella, no solo se aseguraba de adquirir lo imprescindible, sino también todas aquellas cosas que podían agotarse a lo largo de la semana.

Ese viaje era una excusa para salir de casa. Para escapar de la espaciosa, impecable y solitaria, prisión dúplex en la que vivía.

Fueron cayendo más y más artículos. ¿Ambientador con olor a lavanda? La vida no sería la misma sin él. ¿Zumo de uva? Por supuesto. ¿Salsa con sabor a mango y curry? Exótico.

Se detuvo frente a un estante abarrotado de galletas, paralizada, incapaz de escoger entre la esquizofrénica selección. Galletas de avena, de avena con chocolate, cereales y fibra, sin azúcares, con sabor a limón o a naranja (viva los cítricos), las de jengibre, las pastas para el té, los barquillos de chocolate, las tortitas de arroz, las de maíz, las de yogur…

Una mano invisible se cerró dentro del pecho de Julia y se vio obligada a retroceder dos pasos; habría dado un tercero, y probablemente un cuarto, de no ser porque una de las columnas del supermercado la detuvo. Tenía la respiración agitada, muy rápida, manteniendo la mirada clavada en el suelo. Lo único en que podía pensar mientras sentía que el mundo se convertía en una espiral era que nadie la viera en ese estado. La vergüenza habría sido demasiado.

Pasó el tiempo. Diez segundos. Veinte. Treinta. Y comenzó a sentirse mejor. Lo suficiente como para respirar de una forma más regular y enderezarse hasta mantener una postura erguida, normal.

El teléfono móvil comenzó a sonar. Román.

—¿Me oyes?

—Sí, sí. ¿Qué tal todo en Berlín? ¿El simposio ha salido bien?

—Muy productivo, creo. He tenido la oportunidad de conocer mejor a Byrne y a Tremblay. Esta noche cenaré con Byrne. Transmite una energía y un entusiasmo que son realmente motivadores. Creo que nuestros proyectos podrían presentar una sinergia muy interesante.

—¿Byrne? No me suena. ¿Es doctor en tu área?

—Es normal que no te sea familiar. La doctora Byrne es una joven promesa. Lleva poco tiempo como investigadora, pero parece que nos lleve años de ventaja a todos.

—Ya. Eso es… genial. Entonces, ¿vuelves mañana?

—Había pensado en cambiar el billete de vuelta para dentro de un par de días. El resto de investigadores no se van todavía y así concretaríamos ciertos aspectos de logística y comunicación. Pero también puedo volver mañana y ya me amoldaré a lo que se decida —hubo una pausa—. Creo que es importante que me quede. ¿Qué te parece? ¿Te molesta si llego en un par de días?

—Si es importante deberías quedarte —dijo con vacilación.

—Gracias cariño, eres la mejor esposa del mundo.

—Sí. Oye, estoy en la cola de Mercadona y tengo que pagar ya. ¿Hablamos mañana?

—Claro, si quieres te puedo…

Julia colgó la llamada. Abandonó el carro con todos los artículos que no necesitaba en el pasillo de las galletas que no quería. Salió del supermercado con la imperiosa necesidad de darle una patada a algo; a alguien. En su lugar lo que hizo fue caminar rápido, cada vez más rápido, hasta que llegó a un parque infantil abandonado. Se dejó caer en uno de los bancos de madera.

El parque estaba vallado, aunque no parecía ser necesario. No había niños que se tiraran por los toboganes, los columpios colgaban inertes, el balancín en perpetuo desequilibrio… La impresión era de una catástrofe que hubiera arrancado a los infantes de la existencia.

Sacó el teléfono móvil y comprobó que solo tenía mensajes de whatsapp en el grupo “Madres de 6ºB”. Ciento cincuenta y dos mensajes. Aquello logró sacarle una sonrisa.

Ella pertenecía a las madres que merodeaban la periferia de aquel grupo del colegio. Lo comprobaba cada cierto por si había sucedido algo importante, aunque participaba en raras ocasiones.

Comenzó a bajar por la conversación. Un cumpleaños y las respectivas felicitaciones de más de una veintena de personas, en su mayoría madres. Iconos de tartas, besos y ojitos con corazones. Siguió deslizando. Una conversación en torno a un examen de matemáticas. Deslizó el dedo con fuerza y los diálogos se convirtieron en un borrón ininteligible.

Pulsó la pantalla. La conversación era reciente. Frases con exclamaciones que aseguraban que no podía ser verdad. Otra frase preguntaba dónde había ocurrido. La última decía: Fake, fake, fake. ¿De qué estaban hablando? Retrocedió un poco. Alguien defendía que parecía de verdad. En una frase muy bien redactada una madre explicaba que ese grupo no había sido creado para compartir contenidos de mal gusto. Subió un poco más y encontró un video con la frase incrustada: “esto podría haber ocurrido muy cerca”.

Al principio le costó entender lo que estaba viendo. La grabación había sido hecha desde un teléfono móvil y la calidad dejaba mucho que desear. Al tener el volumen de su celular tan bajo apenas pudo escuchar bien lo que se decía, ni los gritos que se escuchaban más allá de las voces. Era una escena grotesca. El video se interrumpió de repente.

Julia no creía que algo así pudiera ser de verdad. Lo más probable es que se tratara de un video promocional para alguna película de terror. Una del tipo “El proyecto de la bruja de Blair” o “REC” que parecían estar hechas por aficionados. Porque, ¿cómo iba alguien a grabar algo así con el teléfono en lugar de llamar a la policía o a una ambulancia? La garganta se le había quedado seca de repente.

Ajustó el volumen al máximo y volvió a poner el video.

En esta ocasión pudo distinguir mejor dónde se desarrollaba la escena. La grabación estaba hecha desde el interior de un vehículo. La cámara se asomaba desde la ventanilla bajada del copiloto y apuntaba a un grupo de personas que forcejeaban en el suelo, a varios metros de distancia, junto al surtidor de una gasolinera. Alguien gritaba. Un grito horrible que Julia dudaba fuera capaz de fingir el mejor de los actores.

Una voz, masculina, estridente, exclamó:

—¿Lo estás grabando? ¡Joder, no dejes de grabar!

—Sí, sí… —confirmó una mujer, casi inaudible.

Se produjo un zoom de la cámara que recogió al grupo. El encuadre se agitaba espasmódicamente y, aun así, se podía distinguir como tres de las figuras retenían a una cuarta en el suelo, mordiéndola; desgarrando sus brazos, sus piernas, como perros rabiosos. La persona que estaba en el suelo luchaba por escapar, pero resultaba inútil. Los gritos —parecían los gritos de una mujer— se elevaron hasta convertirse en alaridos.

—Oh, mierda… ¡Arranca el coche! —dijo de repente la voz que sostenía el móvil.

La imagen giró en un ángulo imposible de seguir con la mirada y se quedó a oscuras. Se escuchó el sonido del motor al encenderse. Un grito de dolor y después: —Ese hijo de puta me ha mordido. ¡No pares! ¡Acelera! El muy…

Así terminaba.

Cuando alguien ve una película de terror se puede asustar, quizás incluso dar un grito, saltar en el asiento, perder los papeles, pero al finalizar siempre le queda la tranquilidad de que se trata tan solo de ficción. Al encender las luces regresa la tranquilizadora certeza de que los monstruos no son reales. En aquel preciso instante Julia no sentía nada de aquello.

Era incapaz de concretar exactamente como lo sabía —tal vez los gritos, tal vez el crudo voyerismo de la pareja, tal vez la naturalidad de la grabación— pero, en cualquier caso, supo que no se trataba del video promocional de una película, ni nada por el estilo. A aquella mujer la habían devorado viva mientras la grababan.

Le temblaron las manos cuando guardó el teléfono móvil. La escena se repitió en la pantalla de su mente y cuando intentó vomitar descubrió que no podía.

 

SIGUIENTE CAPÍTULO

2 comentarios sobre “Capítulo 2: Julia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

seis + ocho =