Capítulo 1: Takashi

 

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PRÓLOGO

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El karma podía ser un auténtico cabrón retorcido.

Takashi lo sabía demasiado bien. Solo tenía veintiocho años, pero gozaba de una sabiduría inusual que le permitía reconocer que había cometido muchos errores en su vida. Y también que, de esos errores —quizás más que sus éxitos—, había extraído importantes lecciones de la vida gracias a los cuáles configuró su carácter resuelto y aventurero, siempre en busca de nuevos retos. Sin embargo, en ningún momento supuso que aquel viaje en solitario, aquel viaje a través de los caminos del mundo, como un peregrino eterno, pudiera ser un error. Ni siquiera más tarde, cuando la pesadilla de sangre y muerte ya se había desatado sobre la faz de la tierra, consideró tal opción.

Pero si que hubo dos errores, concretos, hirientes en la superficie de la memoria, que le habría gustado resolver de otra manera.

El primero de ellos consistía en haberse dejado llevar por su impaciencia. De haber esperado, antes o después, un vehículo lo habría recogido a las afueras de Valencia. Uno que tuviera como destino el aeropuerto de Barajas, en Madrid, o, por lo menos, la propia capital. Pero, en cambio, aceptó la ayuda de un agente comercial que se dirigía a la ciudad de Tarancón y que lo había dejado en un área de servicio perdida en la A–3, donde la gente se mostraba poco receptiva a recoger autoestopistas solitarios.

El lugar contaba con un par de surtidores de gasolina y un edificio de planta baja donde se podían adquirir diferentes clases de patatas fritas y aperitivos, barras y galletas de chocolate, refrescos y agua embotellada, revistas que hablaban de la vida de los famosos, chicles de todos los sabores, una estantería dedicada al aseo personal con varios tipos de compresas, desodorantes, colonias, espuma de afeitar y cuchillas que prometían un rasurado sin irritación. Y, tras todo ese ejército de productos, la dependienta, una chica que rondaría la veintena, de mirada apática, que no perdió de vista a Takashi mientras este recorría los pasillos entre los estantes.

Pasó el día entero preguntando a los coches que se detenían a repostar combustible o comprar algo de comida sin encontrar quien lo llevará. Aquella noche durmió a la intemperie, utilizando la mochila como un improvisado cojín.

Fue durante la mañana siguiente, cerca de las nueve en punto, cuando se rindió y llamó a un taxi para que lo recogiera. Le iba a costar bastante dinero, pero el avión de regreso a Tokio salía por la tarde y ya había perdido demasiado tiempo. Aquella decisión lo disgustó enormemente porque rompía con la visión romántica de albergaba de su viaje. Para Takashi no se trataba del clásico viaje como mochilero para ver mundo, sino que tenía una dimensión más profunda y espiritual. Lo consideraba su musha shugyo, su entrenamiento del guerrero. Tal y como lo habían hecho los samuráis del pasado, en busca de experiencia y situaciones que pusieran a prueba sus habilidades.

Sin embargo, ya no existían las pruebas de fuego. Ya no se templaba el alma de las personas como en el pasado se había templado el acero de las espadas: un acto donde la clave era calentar y doblar el metal hasta limpiar las impurezas; hasta alcanzar la perfección. Había esperado que el viaje limpiara sus impurezas, pero en lugar de ello regresaba a casa con el sentimiento de fracaso, dispuesto a abandonar su sueño y seguir con una vida rutinaria, convencional.

Mientras esperaba al taxi cometió su segundo error. Un error del cual imposible del que escapar, ya que su propia filosofía de vida lo habría empujado a repetirlo una y otra vez; en el caso de que la vida ofreciera segundas y terceras oportunidades. El error consistió en ser amable con una persona en apuros.

La figura llegó unos minutos antes de que lo hiciera el taxi. Caminaba por el margen de la carretera, el cuerpo inclinado, cojeando a cada paso, en un avance tortuoso que no se detuvo en ningún momento.

Takashi estaba parado frente a la carretera, con los ojos cerrados, mientras disfrutaba de una respiración que prolongaba con deliberación, saboreando el aire limpio de la mañana, saboreando las últimas horas antes de regresar al hogar; ignorante del hombre que se aproximaba por su lado derecho.

El recién llegado extendió los brazos en dirección a Takashi, aceleró los pasos, torpes y apremiantes, y cogió al joven por los hombros en cuanto este se giró, sorprendido y un tanto aturdido.

La boca se abrió y surgió un gemido ronco: —Agua.

El hombre se dejó caer allí mismo, en el suelo, y Takashi lo ayudó a que fuera un descenso progresivo. Desprendía un intenso olor a sudor y alcohol. A uno de los pies le faltaba un zapato y estaba en carne viva.

Yes. Agua —dijo Takashi asintiendo con la cabeza dos veces. Conocía algunas palabras de español, pero los verbos le resultaban confusos, y, por lo general, se comunicaba en inglés, para mayor frustración en su viaje por España, donde no resultaba fácil hacerse entender.

Entró corriendo en la estación de servicio y cuando salió igual de rápido esgrimiendo una botella fresca de agua mineral la dependienta le gritó ofendida: —¡Eh! ¡Tienes que pagarla!

Y, antes de salir tras Takashi, murmuró: —Malditos chinos.

La chica se llamaba Clara y, en su particular —y no tan particular— visión del mundo, todos los asiáticos eran chinos. Y, siguiendo el hilo de su lógica reduccionista, todos los chinos que venían a España, robaban el empleo a los trabajadores españoles. Esa misma línea de pensamiento se aplicaba y extendía sin límite a todas las personas extranjeras, pero en aquel instante en concreto solo hacia Takashi a quién, además, le había añadido la etiqueta de “ladrón”.

Takashi se acuclilló frente a al hombre, destapó la botella y se la ofreció. Clara se colocó detrás de Takashi mientras escrutaba con desconfianza a ambos. En su fuero interno estaba barajando la posibilidad de que fueran unos timadores u otro tipo de criminales.

El hombre sin zapato sostuvo la botella, temblorosa, con ambas manos, cuando se la llevó a la boca. El agua se le derramaba por el mentón y le caía encima de la ropa empapada en sudor y otra sustancia más oscura. Takashi vio que el rostro congestionado sudaba mucho. Apoyó la mano en la frente del hombre y la apartó enseguida. Ardía.

—¿Está enfermo? —preguntó la dependienta, cruzada de brazos.

En respuesta, una tos horrible, burbujeante y sanguinolenta, llovió sobre Takashi y Clara. La botella de agua rodó por el suelo derramando el poco contenido que le quedaba.

La dependienta se pasó la palma de la mano por el rostro. Observó con fijeza y espanto la mezcla de agua y saliva, en tono rosado, casi rojo, que la cubría; y salió corriendo al interior de la estación de servicio.

El hombre tosió en tres ocasiones más. Se sacudía con vehemencia en cada una de ellas, los ojos cerrados, balanceándose como una hoja mecida por el viento. Un hilillo de sangre se escurría de la boca y descendía en un fino reguero, acumulándose en el mentón.

Takashi se colocó tras el hombre y lo agarró desde los sobacos. Tiró de él y lo dejó apoyado en la pared del edificio.

—Llamar. Ambulancia —le explicó al hombre que parecía estar cayendo en la inconsciencia.

Antes de que Takashi pudiera levantarse una mano se cerró con fiereza en torno a su brazo.

—No… Llama a la policía. A la guardia civil. —Y volvió a toser, débil, muy débil.

Clara, mientras tanto, se limpiaba frenética, con abundante agua, en el baño de señoras. ¿Por qué tenía que haber pasado en su turno? ¿No podía haber ocurrido durante la tarde, cuando ella libraba? Ahora temía haber contraído lo mismo que aquel desgraciado. Sabía muy poco de enfermedades, pero tenía bastante claro que escupir sangre no era, en absoluto, algo normal. ¿Y si tenía el sida? Esas cosas se transmitían por la sangre. Ella no sabía muy bien en qué consistía el sida, pero sí sabía que era una de las peores enfermedades que existían. Nunca le había preocupado porque entendía que sobre todo les afectaba a los maricones. ¿Y si aquel tipo lo era? Siguió frotando con fuerza, una y otra vez, el rostro, los antebrazos y las manos.

Cuando Takashi entró en la estación de servicio no encontró por ningún lado a la dependienta. Se acercó al baño de mujeres y llamó, pero no le contestó nadie. Comenzó a abrir la puerta y le llegó el sonido de un grifo abierto, pero el chillido de la chica lo hizo detenerse de inmediato.

—Cierra, ¡maldito pervertido!

Takashi mantuvo la puerta entornada para hacerse oír.

The man says that we need to call the police… The Civil Guard –dijo Takashi, albergando la esperanza de que quizás pudiera entenderle.

Clara, que había dejado el instituto en cuanto tuvo la edad legal para ello, era incapaz de distinguir ni una sola de las palabras de Takashi.

—¡Habla en cristiano!

—Tú Llamar a Policía —dijo Takashi y cerró la puerta de golpe. Empezaba a hartarse de la actitud de la chica. Era ella quién debía encargarse de hacer la llamada. No creía ser capaz de explicar por teléfono lo que había sucedido, además de que también tendría que explicar donde se encontraban.

Entró en el baño de señores y aprovechó para asearse. Se lavó con cuidado el rostro y el cuello; las zonas que más había alcanzado la tos de aquel hombre. A continuación, frotó la chaqueta vaquera. Las marcas donde había caído la saliva sanguinolenta se difuminaron, no por completo, pero lo suficiente para no llamar demasiado la atención.

Al regresar al exterior comprobó que la dependienta seguía encerrada en el baño y que el hombre continuaba apoyado donde lo había dejado. Parecía dormido.

El taxi no tardó en acceder al área de servicio y se detuvo junto a uno de los surtidores. Durante un instante Takashi consideró la posibilidad de avisar a la chica de que se marchaba, pero finalmente optó por no hacerlo. Él ya había hecho todo lo que podía. Además, si llegaba la policía, y, por el motivo que fuera, decidían tomarle declaración podía perder el vuelo de regreso.

El trayecto hasta el aeropuerto ejerció un efecto tranquilizador en los nervios de Takashi. La holografía del terreno fue cambiando de pronunciadas y rocosas colinas por llanuras que subían y bajaban como olas pardas y estáticas. Creaban distancia, un recuerdo casi onírico, con respecto a lo sucedido en la estación. Seguramente aquel hombre se recuperaría. Quería pensar que sería así. Aunque aquella tos… La sangre. Sus pensamientos se dirigieron al traje que vestía. Era la indumentaria de algún tipo de guardia de seguridad. Y el pie sin el zapato. Había tenido que recorrer muchos kilómetros caminando para que se quedara en carne viva. Una vez se veía el cuadro al completo invitaba a toda clase de suposiciones inquietantes.

Tomo una respiración tensa y se centró de nuevo en el paisaje.

Al llegar al aeropuerto ya había dejado el suceso de la estación en un segundo plano. Al entrar comprobó el panel de salidas. París. Toronto. Milán. Zúrich. Nueva York. Buenos Aires. Caracas… Tokio. Su vuelo aparecía justo al final de la lista. Tenía tiempo, pero no tanto como le hubiera gustado.

Con calma —la calma era fundamental a la hora de tomar la dirección correcta— buscó los carteles que le indicaran como acceder a la T4, la terminal desde la que embarcaría a su vuelo. Tras recorrer un largo pasillo descendió por dos escaleras mecánicas atestadas de gente. Las ruedas de las maletas rotaban sin cesar, cantando, entremezclándose con los pasos apresurados de sus portadores, en una sinfonía ansiosa que se veía perpetuada por el constante fluir de personas.

Fue durante el trayecto en el metro cuando comenzó a sentirse mareado. Al principio no le dio importancia. Pero cuando hubo llegado a la T4 se tambaleó en la cola de facturación de equipaje. Un par de chicas que caminaban justo detrás de él le preguntaron si se encontraba bien y Takashi asintió con una sonrisa tranquilizadora. Comió una barra energética de cereales y bebió dos largos tragos de agua. Apenas se enteró del proceso de facturar la mochila como equipaje de mano. Toda su atención permanecía enfocada en mantener la compostura.

Cuando llegó a la cola —la larga, zigzagueante y atestada cola— para cruzar el control de seguridad pensó que no iba a ser capaz de lograrlo. Se terminó la botella de agua y la arrojó a uno de los contendores. Al pasar la mano por la frente comprobó que estaba caliente, salpicada por gotas de sudor. El mareo parecía intensificarse por segundos. Pensó que en la zona de embarque podría comprar medicamentos. Ibuprofeno o paracetamol. Así lograría bajar la fiebre mientras durara el trayecto.

Estornudó con violencia. Una. Dos. Tres veces. Varias personas protestaron. Takashi quiso disculparse, pero, en su lugar, se tambaleó como a un boxeador al que hubiesen golpeado en la mandíbula; directo al knock-out. Trató de asirse a una de las bandas laterales que limitaban el pasillo zigzagueante. Falló y sus pies resbalaron.

Había llegado al suelo, podía ver la baldosa pulida a escasos centímetros de su cara. Sin embargo, Takashi seguía cayendo como Alicia por la madriguera de conejo. Contemplando la luz de la entrada que se hacía más y más pequeña.

Después hubo un momento de vacío, parecido al escenario previo de los sueños, donde una bacanal de voces luchaba por hacerse oír. Una de ellas, la voz del aeropuerto, pensó Takashi enajenado, le preguntó si quería tomar té. Takashi le dijo que no, que lo único que deseaba era volver a casa y si aquel era el camino. El aeropuerto le dijo que por supuesto. Desde allí podría ir a todas partes. A todo el mundo. A todo el mundo…

 

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